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LA CANCIÓN DEL HOMBRE VALIENTE Hay una balada del poeta Bürger (1747-1794), titulada La canción del hombre valeroso, que está basada en el suceso que a continuación relatamos: El Adigio, río bastante caudaloso que nace en los Alpes y que en su curso pasa junto a la ciudad de Verona, bajaba cierta primavera tan crecido y colmado que salió de madre y vino a inundar las vegas y los campos ribereños. Tanta era la fuerza de las aguas que arrastró un puente que había en Verona muy bien asentado sobre robustos pilares. Sólo una pilastra quedó en pie: aquélla en que tenía una choza que hacía las veces de morada al guardapuentes y a su familia. Pero las masas de hielo que descendían con las aguas del río arremetían contra la pilastra con tal ímpetu, que a cada instante parecía verla derrumbarse. Las pobres gentes que se hallaban sitiadas en isla tan poco segura daban gritos desgarradores, y retorciéndose las manos y mesándose los cabellos pedían amparo a Dios y a los hombres. Pero nadie osaba desafiar el poder de las aguas embravecidas embarcándose en una frágil canoa para acudir en socorro de aquellos infelices. A esta sazón llegó el conde Spolverini, quien animaba a los presentes para que alguno se lanzara a tan temeraria empresa, y aun llegó a ofrecer doscientos escudos a quien lo hiciese. Pero ni las palabras ni los ofrecimientos fueron razón bastante para mover el ánimo de los presentes. El tiempo pasaba y el peligro era cada vez mayor, cuando he aquí que llega un campesino, recio y fuerte como un roble, que al ver el apurado trance, sin temor alguno y con ánimo varonil se aprestó para llevar a cabo la hazaña; se despojó de lo que podía embarazarle, ligó los remos muy fijos a la borda de la embarcación y saltó muy ligero al bote, comenzando una durísima lucha, a fuerza de remos, con los elementos desatados. Tras largo combatir con la arrebatada violencia de las aguas, dio el campesino cima a su gesta y alcanzó la pilastra; pero el bote era tan mezquino, que no cabía en él toda aquella familia, harto numerosa. Precisaron tres viajes, y tres veces, con igual presencia de ánimo y siempre con iguales fatigas, arrimó el esforzado campesino su bote a la pilastra. Entre las aclamaciones de todos los presentes, el conde le abrazó y le tendió una bolsa con los doscientos escudos prometidos. El valeroso lugareño la rechazó diciendo: -Señor, agradezco la merced que queréis hacerme, pero creo que sería de mayor provecho el dar estas monedas a la familia del pobre guarda, que perdió en esta inundación cuanto poseía. Y dichas estas palabras se alejó con presteza para evitar las muestras de gratitud de los que había socorrido, salvándoles no solamente la vida, sino también de la miseria.
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