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JOVEN COMO ELLA Aquella joven de poco más de veinte años era hábil, culta y educada. Reunía todas las cualidades necesarias para el oficio que ejercía: agente secreto ruso en Corea del Norte. Su misión la desarrollaba en la sierra de Hamhung, cerca de la línea de fuego durante la guerra de Corea, allá por 1950. Cayó herida durante un ataque de artillería y fue detenida por las tropas del sur y trasladada a un hospital. -Soy sacerdote -le dijo un día un hombre anciano, curtido en mil frentes, capellán militar. -¿Católico? ¿Protestante? Respondió ella, agresiva. -Católico. -Razón de más para odiarte. No necesito su ayuda y si su oficio es salvar almas, conmigo no tiene nada que hacer. No puede salvar lo que no tengo. Ni tengo alma, ni creo en nada. Ante respuesta tan contundente y actitud tan obstinada el sacerdote optó por una silenciosa y prudente retirada. De momento la herida era grave, se temía por su vida y a pesar del rechazo y la obstinación de la muchacha el capellán la visitaba brevemente a diario para interesarse por su estado de ánimo. Poco a poco la muchacha mejoró. Con su mejoría fueron cayendo los prejuicios y se vio animada a hablar con más confianza. -Aunque soy rusa estudié en la universidad de Seúl. Fui formada en un instituto técnico donde me enseñaron que al enemigo, ni agua. La verdad -confesó con cierta añoranza-es que no sé lo que es tener una familia, disfrutar de un hogar, ser amada. El sacerdote la escuchaba en silencio sólo hablando muy de tanto en tanto sin entrar a fondo. Se limitaba a ser confidente de un alma con muchas carencias y muchos anhelos ocultos. Un día paseando por los pasillos con el anciano capellán contempló un grupo de mujeres, entre las que iban algunas monjas, que hacían cola sonrientes. -¿Qué hacen? -Son donantes de sangre -le respondió el sacerdote. -¿Cuánto les pagan? -Nada. -¿Nada? Nunca hubiera pensado que entre ustedes nadie hiciera algo gratis. ¿También las monjas? -También. Nuestro fundador Jesucristo nos dio dos mandamientos: Ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. Ellas quieren seguirlo y por eso dan su sangre sin cobrar nada. La muchacha quedó pensativa. Otro día le habló de una joven como ella, Teresa de Lisieux. Y cuando el sacerdote fue trasladado de hospital continuaron su relación por carta. «Gracias por haberme traído un rayo de luz a mi vida -le decía ya acabada la guerra-. No conocía cómo eran los católicos. Tenía la cabeza llena de eslóganes y propaganda. Ahora me siento abandonada de aquellos que creía que eran mis amigos. Me estoy dando cuenta que me utilizaban. No olvido a su Teresita de Francia. Ella amó en lugar de odiar. Y eso es muy hermoso». Pasaron los meses. «Mi nombre es ahora Teresa -le escribía al Padre Powers-. Y con eso comprenderá usted que estoy bautizada. He deseado que me impusieran el nombre de la santa francesa que era joven como yo, y que amaba. ¡Yo no quiero odiar más a nadie! ¡A nadie!»
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