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 anecdotas y reflexiones 

Viviendo el catecismo de la Iglesia Católica

 

amor, misericordia, perdon

EL VERDADERO AMOR

Amar a los conocidos es, en definitiva, algo relativamente fácil, a poco buena gente que sean. Se les ve, se les conoce, se han convivido o compartido sus esperanzas o dolores, podemos esperar de ellos el contraprecio de otro amor cuando nosotros lo necesitamos. Pero ¿cómo amar a los desconocidos? ¿Cómo entender la vida como un permanente ejercicio de amor? ¿Cómo descubrir en las cosas más triviales que, junto a ellas, hay siempre alguien necesitado de nuestro amor?

El verdadero amor, como la fe, es amar lo que no vemos, lo que no nos afecta directa y personalmente, con un amor de ida sin vuelta. Hace falta mucha generosidad y muy poco egoísmo para ello. Hace falta también un poquito de locura. Porque estamos demasiado acostumbrados a subordinar nuestro corazón a nuestra cabeza. Y es necesario ir descubriendo que el amor es muy superior a la inteligencia, aunque sólo sea por el hecho de que en la vida no logramos conocer a Dios, pero sí podemos amarle.

El nos ama así, sin fronteras. No porque lo merezcamos o porque se lo vayamos a agradecer, sino porque nos ama. Pues -lo dice el Evangelio- si sólo amamos a quienes nos aman, ¿en qué nos diferenciamos de los que no creen?

Desgraciadamente con frecuencia nuestro amor es una trampa: un lazo que lanzamos para que nos lo agradezcan. Apresamos un poco -con su deuda- a aquellos a quienes amamos. Lo confirma la cólera que sentimos cuando no se nos agradece nuestro amor. Lo prueba el que ayudemos mucho más fácilmente a quienes piensan o creen como nosotros. Pensamos que los beneficiarios de nuestro amor deben «merecerlo» antes. ¡Pobres de los hombres si Dios amase sólo a quienes lo merezcan! «No te pregunto cuáles son tus opiniones o cuál tu religión, sino sólo cuál es tu dolor», solía decir Pasteur. El ser pobre, el ser necesitado, ya son de por sí suficiente «mérito» como para merecer amor.

Por eso el verdadero amor es el que sale del alma sin esfuerzo, como la respiración de la boca. El amor que resulta simplemente «necesario», ya que sin él no podríamos vivir. Aunque sólo sea porque -como decía Camus- «nos avergoncemos de ser felices nosotros solos».

No es que debamos amar «para» ser felices (eso sería una forma de egoísmo), pero es un hecho que «hay que crear otras felicidades para ser feliz», como decía Follereau, pues «la felicidad es lo único que estamos seguros de poseer cuando lo hemos regalado».

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