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EL PODER DEL ELOGIO Acabo
de leer un episodio ocurrido en la vida de Pablo Casals que ilustra la
diferencia entre el elogio evaluativo y el elogio descriptivo. Cuando un
joven violoncelista llamado Gregor Piatigorsky conoció por primera vez al
ya por entonces celebérrimo Casals, éste pidió al joven que
interpretara algo. Piatigorsky estaba tan nervioso que, durante la
ejecución de la sonata, llegó a interrumpirse en algún momento; al
acabar, estaba sinceramente convencido de que lo había hecho fatal. Pero
la reacción de Casals consistió en aplaudir y exclamar: «¡Bravo,
maravilloso!». Piatigorsky contaba después: «Me fui malhumorado y
perplejo. Sabía lo mal que había tocado. ¿Por qué me alabó el maestro
de una manera tan exagerada y tan embarazosa para mí?» Cuando,
años más tarde, los dos grandes violoncelistas se volvieron a encontrar,
Piatigorsky le dijo a Casals lo mal que se había sentido cuando le alabó
tanto en su anterior encuentro. Casals, muy enfadado, tomó el « cello»
y le dijo: «¡Escucha! -mientras tocaba un fragmento de Beethoven- ¿No
es cierto que lo tocaste de esta manera? Aquello era algo nuevo para mí
...» Y el maestro acabó la pieza destacando todo lo que le había
gustado de aquella actuación de Piatigorsky. El joven violoncelista dijo
aquella tarde: «Salí con el sentimiento de haber estado con un gran
artista y un gran amigo». En
ambas ocasiones, Casals buscaba el mismo objetivo: reconocer el gran
talento del joven músico. Pero los métodos y los resultados fueron
distintos. La primera vez utilizó el elogio evaluativo (¡Estupendo! ¡Magnífico!),
y Piatigorsky se sintió perplejo, molesto y enfadado. La segunda vez,
Casals le ofreció un reconocimiento descriptivo de su destreza musical, y
Piatigorsky se sintió profundamente conmovido y afirmado. En conclusión, es más afirmativo utilizar enunciados en primera persona, expresando claramente nuestros sentimientos y pensamientos positivos, afirmativos y sinceros, acerca de aspectos o hechos concretos de la persona elogiada, que evaluarla globalmente.
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