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CUANDO NO SE TIENE CORAZÓN Creo haber contado va en algún lugar la vieja fábula del hereje y del inquisidor, que tanto me impresionó cuando me la relataron. Dicen que hace muchos, muchos años, un famoso inquisidor murió de repente, al llegar a su casa, tras el auto de fe en que habían quemado a un hereje condenado por él. Y cuentan que ambos llegaron simultáneamente al juicio de Dios y que se presentaron, como todos los hombres, desnudos ante su Tribunal. Y añaden que Dios comenzó su juicio preguntando a los dos qué pensaban de él. Y emprendió el hereje un complicado discurso exponiendo sus teorías sobre Dios, precisamente las mismas por las que en la Tierra había sido condenado. Dios le escuchaba con asombro, y por más preguntas que hacía y más precisiones con las que el hereje respondió, seguía Dios sin entender nada y, en todo caso, sin reconocerse en las explicaciones que el hereje le daba. Habló después, lleno de orgullo, el inquisidor. Desplegó ante Dios su engranaje de ortodoxia, el mismo cuya aceptación había exigido al hereje y por cuya negación le había llevado a las llamas. Y descubrió, con asombro, que Dios seguía sin entender una palabra y que, por segunda vez, no se reconocía a sí mismo en la figura de Dios que el ortodoxísimo inquisidor le representaba. ¿Cuál de los dos era el hereje?, se preguntaba Dios. Y no lograba descubrirlo. Porque no sabía si eran dementes o simples falsarios. Como la noche caía y cuantas más explicaciones daban el uno y el otro más claro quedaba que Dios no era eso y más confusa la respectiva condición de hereje o de inquisidor en cada uno, acudió Dios al supremo recurso: encargó a sus ángeles que extrajeran el corazón de los dos y que se lo trajeran. Y entonces fue cuando se descubrió que ninguno de los dos tenía corazón. Digo que esta fábula -que no sé si es ella misma muy ortodoxa- me impresionó al conocerla porque estoy convencido de que el día del juicio Dios va a atender mucho más a nuestro corazón que a nuestras ideas, mientras que aquí abajo nos pasamos la mitad de la vida peleando por nuestras ideas y olvidándonos de querernos mientras tanto. No es que las ideas no sean importantes. No. Lo son y mucho. Pero no hay que darles ese puesto único y central que solemos darle en el mundo. Incluso dos personas de ideas opuestas pueden tener mil caminos de acercamiento en sus vidas. Cuando dos se quieren, empiezan a acercarse hasta en las ideas o comienzan a descubrir que sus ideas no estaban tan lejos como se imaginaban. Y, en cambio, dos corazones fríos acabarán riñendo incluso cuando piensen lo mismo.
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