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SABANA SANTA
anecdotas
y reflexiones
Viviendo el
catecismo de la Iglesia Católica
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amor, misericordia,
perdon
ANIMAR
AL SUSPENDIDO (Fragmento)
Siempre
me he preguntado por qué en las tradicionales listas de las obras de
misericordia no incluían los viejos catecismos esta decimoquinta de «animar al
suspendido», que en estos días debería estar a la orden del corazón en todas
las casas. Porque si a los ocho, a los doce, a los catorce años, no se necesita
esa ayuda, en esa especie de derrumbamiento interior que son muchos suspensos,
¿para qué queremos los hombres la compañía de nuestros semejantes?
Deberíamos tener un respeto sagrado al dolor de los niños, a la
frustración de los muchachos, a esa amargura que -especialmente entre los
mejores- parece que atorase el horizonte de la vida.
Yo pienso que un auténtico padre -o un auténtico maestro, que si
no ejerce de padre no sé qué tipo de maestro será- debería ser muy exigente
antes de los exámenes y muy misericordioso después de ellos. Muy exigente,
porque hay que hacer descubrir a un muchacho que un suspenso ganado a pulso por
vagancia o desinterés es, moralmente, un verdadero robo a los padres y a la
sociedad: un robo de todo cuanto en ese ano la familia y la comunidad
invirtieron.
Mas lo
gracioso es que precisamente los padres que fueron más manga ancha antes de los
exámenes son los menos comprensivos, los más manga estrecha después de ellos,
cuando sería la hora de infundir esperanzas y no desalientos. Pienso con terror
en el enorme número de muchachos que en este mes estarán atascándose en sus
vidas gracias a la suma de su personal flojera de coraje y de estudio y de la
falta de ayudas y estímulos de sus padres. Porque si perder un curso es un
robo, tirar por ello la vida es una estupidez.
Ésta
es la hora, creo, de explicar a muchos muchachos -sobre todo a los mejores- que
fueron muchos los genios que alguna vez tropezaron en sus estudios. Que un
suspenso sólo es peligroso cuando es el primer eslabón de una cadena de
suspensos.
Decirles,
por ejemplo, que a Severo Ochoa le suspendieron dos veces en sus estudios de
Medicina. Que a Balmes le catearon en Matemáticas. Que Ramón Gómez de la
Serna y Azorín tropezaron precisamente en Literatura. Que en el expediente de
Lorca hay un suspenso en Historia de la Lengua española. Que a Vázquez de
Mella le regalaron una calabaza en la universidad de Santiago. Y... que todos
ellos acabaron triunfando, precisamente en esas asignaturas en las que un día
flojearon. Porque supieron no atascarse en un suspenso. Porque supieron
convertirlo en un estímulo, lo mismo que cuando tropezamos, si logramos no
caernos, avanzamos mucho más de prisa que sin ese tropezón.
Habría,
sobre todo, que explicar a los muchachos muy bien que eso de que «el genio nace»
es el más grave y peligroso de todos los camelos de la humanidad. Existe, sí,
algún que otro Mozart, pero, a la larga, de cada mil niños prodigios sólo uno
triunfa, y lo normal es que no haya más genialidad que la del trabajo nuestro
de cada día.
Recuerdo
ahora el caso de Einstein, uno de los padres de la ciencia moderna. Sus biógrafos
cuentan que fue un muchacho muy especialmente retrasado. A los tres años aún
no sabía hablar, decía únicamente unas pocas palabras y, aun éstas, mal
pronunciadas, tanto que sus padres estaban ya perfectamente resignados a tener
por hijo a un deficiente mental. Cuando, a los seis años, consiguió un
desarrollo normal, la timidez hizo parecer mayor su retraso. «Papaíto aburrido»,
le llamaban sus compañeros de colegio. Y más tarde, en sus estudios medios, prácticamente
nunca pasó de notable. Fue un alumno tan vulgar que cuando triunfó en la
ciencia y los periodistas quisieron analizar sus años juveniles, descubrieron
que ninguno de sus antiguos compañeros de colegio se acordaba de él.
Dios me
librará muy mucho de decir desde aquí a los muchachos que no importa el puesto
que consigan en sus colegios. Pero creo que me permitirá decirles que no lo
supervaloren, que los hechos demuestran que siete de cada diez muchachos números
uno se convierten en vulgaridades en la vida y que, con frecuencia, son los
chicos medios de la lista quienes muestran un día mayores potenciales en el
interior.
Personalmente
admiro mucho más el coraje y el trabajo que el genio y la inteligencia. Los
hombres que triunfan en la vida no son aquellos a quienes les salen rayitos
luminosos de la frente, sino los que ponen codos. Tendríamos que convencer a
los muchachos de que no hay inteligencia que valga lo que el coraje; que en los
dedos son mucho más honrosas las ampollas que los anillos.
Díganselo
a los muchachos: que un suspenso sólo es peligroso en dos casos: primero,
cuando uno se ríe de él, y segundo, cuando uno se tumba encima de él.
José Luis Martín Descalzo
amor, misericordia,
perdon
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