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María entre nosotros

 

 


 

alegría, esperanza, felicidad

UN BUEN LADRÓN DEL SIGLO XX

Así sintetizaría la muerte de Heinz Chez : murió amando. Me llamaron de la Prisión Provincial de Tarragona para que atendiera religiosa. mente, en caso de ser requerido, a Heinz Chez que iba a ser ejecutado al día siguiente. Eran las 9,30 de la noche del día 1 de marzo de 1974.

En la cárcel, un funcionario me indicó que le parecía que el reo pertenecía a la Iglesia Evangélica. Fue a buscar al Pastor de esta Iglesia. A pesar de la hora de sus muchas ocupaciones y de la misión nada agradable que le proponía, no vaciló un momento, lo dejó todo y se vino conmigo, apresuradamente, a la Prisión.

Aunque indicó Heinz, por su funcionario, que, de momento, no requería nuestra asistencia religiosa, pero, que sí, aceptaba nuestra compañía. Pasamos, pues, donde él estaba; serían como las 12 de la noche.

Estuvimos jugando con él y otros funcionarios al parchís. Fue mi compañero de juego. Sus fichas azules, color de cielo, las mías, verdes de es­peranza. Estaba en todas las jugadas, indicando con nobleza a nuestros contrincantes sus fallos, aun cuando nos perjudicaban a nosotros... Ganamos todas las partidas menos una...

Entre partida y partida charlábamos de todo. Le pregunté sobre sus creencias religiosas. Me dijo que era católico y que sus padres, también. No obstante, a instancias mías y de Enrique, el Pastor, continuó con nosotros; su presencia nos ayudaba y sus creencias -tan iguales a las nuestras, en lo fundamental- nos alentaban.

Allí salió el que había perdido a sus padres a los 5 años, desaparecidos cuando la guerra. Llevado a centros donde se encontraban centenares de niños abandonados. La dureza de algunos de esos centros, donde castigos fuertes por travesuras infantiles eran ley... El recuerdo luminoso de su primera comunión, a los 11 años. Monaguillo con las características trastadas de beberse el vino de las vinajeras...

En sus trotas por el mundo, las ciudades que más le gustaban: Montecarlo, por sus diversiones; Roma, por sus obras de arte y monumentos. Manifestó públicamente creer en Dios y en Jesucristo nuestro Salvador. Conocía bien su vida. Los funcionarios de la cárcel se desvivían derrochando afectos y atenciones. La más mínima insinuación de Enrique era satisfecha puntualmente: cigarrillos, vino, cerveza, coñac, café, pastas... Lo aceptaba con muestras de agradecimiento.

Serían como las tres, se le avisó que estaba el abogado defensor y el decano del colegio de abogados. Los recibió cordialmente. Amanecía, levantó la cabeza a la luz que se filtraba por las rejas de la ventana. «Tal vez -dijo- será para mí el último amanecer». Se hizo un silencio para reanudar el juego. «¿Cómo es que hoy no tocan diana?». «Es por respeto a ti». Una sonrisa de agradecimiento iluminó su rostro. «Cuánta gente se está hoy preocupando por mí».

Eran las 8. Entró el Jefe de Servicio. Con emoción reprimida se indicó que la llamada telefónica no sonaba. Que, si era creyente, procurara arreglar sus asuntos con Dios. «También, dijo, me tocó comunicárselo a mi padre, antes de una operación que le costó la vida. Con el mismo afecto se lo indico a usted,». Habló con claridad y convicción.

Quedé solo con Enrique. Cristo Eucaristía que nos había acompañado, durante las 12 horas en la cajita dorada, junto a nosotros, iluminó su alma, como en el día de su primera comunión. «El Cuerpo de Cristo guarde tu alma para la vida eterna». La Unción de los Enfermos le infundió fuerza para comprender el valor del sufrimiento y de la muerte. Mirando el crucifijo, regalo de mi madre el día de mi primera misa, lo cogió entre sus manos para besarlo. «El murió sin amigos; yo, en cambio, muero rodeado de ellos». «Enrique, prométeme que te acordarás de mí, cuando estés en el Reino». Un abrazo y un beso fue la despedida. El Pastor Evangelista también entró. Le sugirió que confiara en Jesucristo y oró, en voz alta, por él. Había, en medio del dolor, serenidad y paz.

Eran las 9. Se le anunció la pronta ejecución. Se despidió de los funcionarios y les pidió perdón, por si en algo les había molestado, durante su estancia en la cárcel. Estos, a su vez, también le pidieron perdón y le estrecharon la mano, indicándole que estaban contentos de su comportamiento. «¿Quieres que comuniquemos a alguien algún deseo, alguna voluntad?». «No, no tengo a nadie en el mundo. Den mis pocas cosas al compañero portugués que, creo, es el más necesitado de la cárcel». Le ofrecieron el último pitillo y un poco de coñac que aceptó con muestras de agradecimiento. Nos dimos, nuevamente, un abrazo.

Con el crucifijo entre sus manos, abrazado a mí, le acompañamos al lugar de la ejecución. El Jefe de Servicio colocó dentro de la caja el crucifijo de mi madre. Acompañado del Pastor Evangelista, le recé un responso. Más tarde, celebraría la Misa en sufragio de su alma. Heinz Chez, de 33 años, murió el 2 de marzo de 1974, amado y perdonado. «Descanse en paz». 

(Por JUAN DE LA C. BADELL, S. J., en «Perseverancia»).

alegría, esperanza, felicidad