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María entre nosotros

 

 

 

alegría, esperanza, felicidad

 

MIENTRAS ESCUCHABA EL MAGNIFICAT

Paul Claudel nació en París el 6 de agosto de 1868. Empezó la carrera diplomática en 1890. Fue cónsul en varias ciudades del mundo y embajador francés en varias naciones, entre ellas en Estados Unidos. Su carrera diplomática no estorbó  sino que facilitó su producción literaria. Fue uno de los más grandes poetas católicos de nuestros tiempos. En todas sus obras se manifiesta un acento bíblico que demuestra su constante estudio de la Sagrada Escritura. Fue colaborador en revistas y en grandes periódicos. Su conversión ocurrió el 25 de diciembre de 1886.

Decía en una carta Claudel: «No dude usted de que mi iglesia sea Notre-Dame, la vieja y venerada madre en cuyo seno he recibido la chispa seminal y la respiración esencial. Ha sido ella para mí, asilo, cátedra, hogar, médico y nodriza».

Allí, efectivamente, durante el canto del Magnificat, un chico adusto de 18 años, lleno de genio, pero de dura cerviz, la dobló como un novillo. Allí ese corazón salvaje, arrancado por una mano todopoderosa, conoció la dulzura de las lágrimas. Continua: «El 25 de diciembre de 1886 fui a Notre-Dame de París. Empujado y codeado por la multitud, asistía con placer mediocre a la misa mayor. Después, como no tenía nada mejor que hacer, volví a las vísperas. Los niños de la Escolanía, vestidos de blanco, y los alumnos del Seminario Menor de Satnt-Nicolas-du-Chordonnet, empezaban a cantar  el Magnificat. Yo estaba de pie en medio de la gente, cerca de la segunda columna a la entrada del coro, a la derecha de la sacristía. 

Y entonces fue cuando se produjo el hecho que ha dominado toda mi vida. En un instante mi corazón fue tocado y creí. Creí con una tal fuerza de adhesión, con una tal conmoción de todo mi ser, con tal fuerza de convicción, con tal certeza, que no dejó ningún lugar a ninguna clase de duda; desde entonces, todos los libros, todos los razonamientos, todos los avatares de una vida agitada, no han podido debilitar mi fe y, a decir verdad, ni tocarla siquiera».

Después del relámpago de Notre-Dame, todo está hecho y todo queda por hacer. Y aquí empieza una maravillosa historia, sencilla como un relato bíblico, oculta como la gracia. Tomó una Biblia protestante y la lectura de un capítulo de los Proverbios le ayudó a resolver los dos problemas más urgentes: el acceso a la Iglesia y la reconciliación con la bellleza del mundo. La conversión total tardó un poco más y pasó por aceptar la Iglesia como institución creada por Jesucristo para continuar su obra en la tierra.

Fue  a través de la liturgia por donde pudo Claudel aclimatarse a la Iglesia: Decía: «El gran libro que se me abrió era la Iglesia. Sea por siempre alabada esta grande y majestuosa Madre en cuyas rodillas he aprendido todo. Todos los domingos los pasaba en Notre-Dame y entre semana iba lo más a menudo posible. Entonces yo era tan ignorante de mi religión como se lo pueda ser del budismo, y sin embargo. el drama sagrado se desplegaba delante de mis ojos con una magnificencia que superaba toda mi posible imaginación».

A diferencia de Pascal, que encontró a Dios en un lugar profano, Claudel descubrió el catolicismo en un lugar sagrado, rodeado de una multitud orante inmersa en los esplendores litúrgicos. Claudel será un apasionado de la Iglesia, de la comunidad cristiana, de la liturgia. El, 2 de diciembre en 1890 comulgó por primera vez en Notre Dame».

alegría, esperanza, felicidad