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LOS
POBRES NOS EVANGELIZAN Fui
a El Salvador para conocer la nueva parroquia de Cuscatancingo
que le fue asignada a los combonianos y que se hizo famosa durante la guerra por
la violencia y miserias sufridas. Al entrar en el nuevo templo me impresionó
ver unas fotografías de una bellísima custodia, retorcida y partida en trozos,
de un sagrario profanado y destrozado; una campana en un rincón de la iglesia
mostraba a los visitantes los impactos de bala que la dejaron como un colador. En
una de mis visitas, esta vez por las montañas del interior, estaba organizando
un retiro con un hermano costarricense para los jóvenes del lugar. Era domingo
y celebré la Eucaristía con el pueblo. En la homilía era obligado hablar de
los leprosos, de su triste situación en muchas partes del mundo, de los bonitos
testimonios de algunos de ellos, de la entrega de los misioneros que los
atienden por el mundo como lo hacía Jesús en el Evangelio que acabábamos
de escuchar. Después continué con el retiro a los jóvenes y concluimos con un
documental en el que un leproso narra su vida, un documental brasileño muy
emotivo. Al final del día se me acercó un hombre de mediana edad. Radiante de
alegra, se quitó la camisa y me dijo: -Padre,
yo soy leproso, a veces las llagas me supuran, nadie me ha podido curar, así
que ya no voy con más médicos. Me curo yo mismo con hierbas y con frecuencia
consigo cicatrizar mis llagas. Le he escuchado durante la misa y me he sentido
muy feliz cuando ha hablado de nosotros, los leprosos; le doy las gracias. Y
a continuación empezó a besarme las manos. Aquellas manos suyas, rojizas y
marcadas por la lepra, tomando las mías, blancas y sanas... El lloraba
emocionado y yo me quedé profundamente conmovido. Me dice que me quiere mucho y
que quiere a todos los misioneros, que no quiere irse sin estar un buen rato
conmigo. Luego
me contó que su hija había participado en el retiro y él se sentía feliz. Le
regalé un rosario misionero y le expliqué cómo se rezaba. Lloró de nuevo y
me prometió que lo rezará siempre por el mundo. Cuando creyó conveniente
retirarse, me puso en las manos disimuladamente un billete de gran valor y me
dijo: -Soy camionero, cuando puedo trabajo y gano algo. Esto es para ustedes que vinieron a visitarnos. Me
quedé de nuevo sorprendido sin saber cómo reaccionar. Me acordé de la frase
tan trillada de que los pobres nos evangelizan. Aquel día pude comprobarlo. Damián Bruyel
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