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LA VEJEZ, TIEMPO DE OPORTUNIDADES La
vejez puede devenir un tiempo de oportunidades. El «ocio» que se nos impone
puede darnos una gran oportunidad de hacer algo que siempre habíamos querido
hacer y para lo que nunca tuvimos tiempo. Yo he recogido aquí varios ejemplos
inspiradores, de realización en la vejez. Conocí
a dos hombres de ochenta años que con gran fruición escribieron sus memorias
para el bien de sus hijos y nietos. Otro, escribió relatos, de los que he leído
un par y que he encontrado muy interesantes; él no tenía intención de
publicarlos y me dijo que disfrutaba mucho escribiéndolos y que ello ya le
representaba suficiente recompensa. Un amigo mío, a quien no he visto jamás
pero con el que me carteo y que es relator de los tribunales, me escribió que
al retirarse se dedicaría exclusivamente a su afición predilecta: la jardinería. Un
industrial, que se había mostrado superactivo toda la vida y que es padre de
diez hijos, me dijo que ahora, después de su jubilación, había pasado con su
mujer unas deliciosas semanas en un confortable balneario y que éstas habían
sido las primeras vacaciones reales de su vida. Agradeció especialmente la
oportunidad de mantener reposadas conversaciones con su esposa. «Fue
maravilloso», concluía. Quedé
impresionado por la biografía de Laura Ingalls Wilder, esposa de un granjero
norteamericano, la cual a los setenta y cinco años empezó a escribir una serie
de libros: «Las pequeñas casas de la pradera». Ella pretendía dejar
constancia de una época desaparecida y lo realizó bellamente. Sus deseos se
cumplieron plenamente. Cuando murió ya sabía que sus libros habían conseguido
fama universal. Recibió premios literarios, existían escuelas y bibliotecas
que llevaban su nombre y había recibido millares de cartas de admiradores. Recuerdo
también ahora el modesto pero satisfactorio logro de una anciana tía mía.
Ella había querido siempre poder dedicarse al cuidado de los enfermos y de los
pobres; una vez que quedó libre de sus obligaciones familiares, gustaba de ir
cada día a trabajar como voluntaria en un «Cottolengo», hospital para
incurables. Y ella lo hizo, alegre y feliz, durante muchos años a pesar de
sufrir una dolorosa artritis. Conversando
con estas personas he sacado la conclusión de que mantenían la cabeza tan
clara como siempre y que la «ochentena» era para todas ellas una edad de «plenitud».
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