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¿ES ABURRIDA LA ETERNIDAD? Erase una vez un monje. Según la costumbre de aquellos tiempos, sus padres lo consagraron a Dios desde su nacimiento y lo enviaron al monasterio siendo todavía un niño. Ahora había alcanzado ya el umbral de la vejez. Había sido un monje feliz, y por tanto un buen monje. Su fe era confiada, su conciencia limpia. Aguardaba en la paz que Dios, al que había servido en este mundo, lo acogiera en el otro. Sólo una inquietud le atormentaba. Los elegidos del paraíso cantan las alabanzas de Dios, como lo hacen los monjes en este mundo. Pero ellos no esperan nada más. Lo hacen eternamente. El monje temía que le resultase pesado. Por feliz que uno sea en el seno de Dios, tenía miedo de aburrirse allí. Una mañana, en la hora de descanso que sigue al capítulo, fue, según su costumbre, a dar un paseo por el bosque que rodeaba el monasterio. El monje se apoyó en el tronco de un árbol y pensó una vez más en el tema que le preocupaba. Como estaba allí totalmente inmóvil, un pájaro, que se había callado al acercarse él, se puso a cantar. Su canto era tan puro, tan modulado, tan melodioso, que olvidó sus pensamientos para escucharlo. Le parecía que nunca había oído algo tan hermoso. Al cabo de un instante, se dijo que era hora de volver al monasterio si quería no llegar con retraso para el canto de tercia. Se levantó y el pájaro se calló. Cuando llegó al atrio del monasterio, cuál no sería su sorpresa al ver que el hermano portero, al que había saludado al pasar unos instantes antes, había dejado su puesto a otro monje al que no conocía. Ese nuevo portero tampoco lo conocía a él, porque le miró asombrado y le preguntó qué quería. Nuestro monje le respondió que sólo quería entrar para no llegar tarde a tercia. El otro le miraba sin parecer comprenderle. Pero, terminó por decir, - Usted no es un monje de esta abadía. -¡Cómo es eso de que no soy un monje de esta abadía! Yo soy... Virila. El asombro del portero se transformó en sospecha.-Aquí nadie se llama así. El monje comenzó a encontrar la broma demasiado pesada y exigió que llamara al abad. Pero cuando llegó el abad, el monje tampoco lo reconoció. No era su abad. Repitió que había salido para dar un corto paseo, que ciertamente se había detenido un instante para oír a un pájaro, pero que se había dado prisa en volver para no llegar con retraso para el oficio, como si tales explicaciones pudiesen aclarar aquella incomprensible situación. El desconocido abad le miraba y le escuchaba en silencio. -Hace cien años, dijo por fin, un monje de esta abadía se llamaba como usted. Un día, más o menos a esta hora y en esta estación, salió del monasterio. Nunca volvió y nadie le volvió a ver. Entonces comprendió el monje que Dios le había respondido. Si cien años le habían parecido un instante en el arrobamiento en que le había sumido el canto del pájaro, la eternidad no era más que un instante en el arrobamiento de Dios. Maduro en años murió tiempo después en paz.
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