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EL CARTERO, LA FE DE VIDA Y LA BIBLIA Mike era un viejo cartero del Nueva York de comienzos del siglo XX que precisaba su fe de bautismo para jubilarse. Su mujer oraba para que encontrara su partida, mientras él recorría inútilmente todas las parroquias de la ciudad. Entre las cartas que tenía que repartir, llegó una con sello de California, dirigida a María Zabloka. Llevó la carta a la dirección indicada, pero nadie pudo dar noticia de la interesada, que, por el nombre, juzgó debía de ser polaca. Contra toda su costumbre, guardó aquella carta, por distracción, en la bolsa de su saco. Al encontrarla su esposa le insistió en que buscara a la Zabloka ya que la carta contenía dinero y seguramente lo necesitaba. Hizo en vano cuantas pesquisas pudo para dar con ella. Ahora el matrimonio irlandés no sólo rezaba para encontrar la partida de bautismo sino también a la polaca. Un domingo en lugar de ir a la misa de su parroquia, fue a otra iglesia adonde nunca iba. Leyó el párroco las amonestaciones, y, con gran sorpresa oyó que la novia se apellidaba Zabloka. Enterado en la sacristía de los datos, aquella misma tarde, aunque era domingo, fue a la dirección indicada, donde, en efecto, vivía una María Zabloka, pero que no era la interesada... No obstante, conocía a una pobre viuda de su mismo nombre que tenía un hijo en California. Apuntó la dirección y al llegar llamó a la puerta de una miserable buhardilla. Le abrió una chiquilla y pudo contemplar que ante un Crucifijo y una imagen de la Virgen Santísima, una mujer, rodeada de seis chiquillos, oraba con fervor extraordinario, rezando en su lengua y llorando. Era María Zabloka, la madre viuda de aquellos chiquillos, que efectivamente tenía a su hijo mayor, Estanislao, en California. La carta contenía cinco dólares. La viuda le encargó los diera a los pobres. El cartero rehusó decididamente pero la hija mayor le tradujo que su madre había ofrecido a la Virgen dar a los pobres los primeros cinco dólares que recibiera de su hijo. «Dice mi mamá que usted debe ser un buen hombre, y podrá dar ese dinero a los pobres.« «Pero ¿más pobres que ustedes?», respondió Mike con lágrimas en los ojos. No hubo más remedio. Le obligó a tomarlos para darlos a los pobres, pues así lo había prometido. Llevaba dos cartas más para la viuda, que contenían cada una veinte dólares. Aquella tarde su mujer no le dejó en paz. El billete de cinco dólares parecía que le quemaba las maños. «Ese dinero es de los pobres -le dijo- y hay que entregarlo al momento.» «Y ¿a quién?» «Pues a las Hermanitas de los pobres, tus amigas... Allí estará seguro.» Le puso el billete en la mano y, la gorra en la cabeza, y le despachó a las Hermanitas. Llegó al convento y les entregó el billete. Ya se había despedido, cuando una monja muy anciana le pidió que le buscara un libro muy antiguo como regalo de la comunidad por sus bodas de oro. Mike visitó sin resultados varias librerías religiosas que frecuentaba hasta que llegó a una en que le dijeron: «Usted ya sabe dónde están los libros que tratan de la Vida de Cristo, las Biblias, etc.; vaya y busque usted mismo...» Al empezar a revisar los libros viejos, lo primero que vio fue una gran Biblia. Un vaguísimo recuerdo vino a su memoria. Era la Biblia de su familia, donde su madre escribía las fechas del nacimiento de sus hijos, el día de su bautismo y la parroquia donde habían sido bautizados. Allí estaba él..., pero no había sido bautizado en Nueva York, sino en Hoboken... Pudo conseguir su partida de bautismo y jubilarse. La Divina Providencia, sin hacer ningún milagro, juntó de manera admirable: las cartas de California, la Biblia y la fe de bautismo, para despachar dos confiadísimas oraciones, la de la buena viuda polaca y la del piadoso matrimonio irlandés.
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