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María entre nosotros

 

 

 

alegría, esperanza, felicidad

DE ENTRE LAS RUINAS

Hacía poco que la música destructiva de los cañones había cesado en Europa. Una helada mañana de 1946 cuando el gran novelista Cronin, autor de la tan famosa novela «Las llaves del reino», descendía del avión en el aeropuerto de Viena. La vieja y delicada ciudad de los valses apareció a sus ojos envuelta en una tristeza desconocida.

Después de tomar alojamiento en una pobre y destartalada pensión, se lanzó con impaciencia a recorrer la ciudad. Viena le ofreció el espectáculo de una ciudad herida. Calles descuidadas, ruinas impresionantes que recordaban el terror de los raids aéreos... Y en las gentes, rostros apagados, ojos sin alegría, un andar agobiado y pesaroso...

Cronin no pudo sustraerse a una sensación de amargura. ¿Por qué aquello? ¿Valía la pena vivir en un mundo donde los hombres destruyen la belleza y la alegría con tan absurda facilidad?

Sus pasos -un poco inconscientes- le condujeron hasta una plazuela en la que destacaba la armonía de una vieja iglesia que la guerra había milagrosamente respetado.El novelista entró en el templo. Respiró a pleno pulmón la paz que allí reinaba y que tanto necesitaba él. Luego reparó en un viejecito que con una niña paralítica en los brazos estaba arrodillado ante el altar mayor. Le observó durante un rato. Hasta que el anciano, acabadas sus devociones, se levantó y encendió una vela.

Cronin se acercó a aquellos dos seres que parecían simbolizar el infortunio de la ciudad. Un infortunio que no conocía la desesperación. Bastaron al novelista unos instantes de afectuosa conversación en voz baja con el anciano para saber que la niña paralítica era su nieta y huérfana de padre y madre, muertos ambos a consecuencia de un bombardeo aéreo. Y el abuelo confesó a Cronin antes de despedirse de él:

-Hemos venido aquí para rezar al buen Dios y también para mostrarle que no estamos enfadados con El a causa de nuestros sufrimientos...

Cuando Cronin salió a la calle, le pareció que sobre las ruinas y el dolor de Viena flotaba ya una alegría nueva. El aire de la ciudad resultaba menos irrespirable. Había algo más fuerte que las ruinas y las locuras de los hombres: aquella fe inquebrantable, aquel amor a Dios que abre ventanas a todas las esperanzas, y que el novelista inglés había podido recibir-con una lección consoladora- de un anciano humilde y una niña inválida...

alegría, esperanza, felicidad