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ANDAR Y OÍR El niño, que sólo contaba seis años, quedó ciego a poco de nacer. Sus padres, que lo querían con locura, permanecían siempre a su lado. Llenos de compasión mimaban al pequeño, satisfacían sus menores deseos. Habían renunciado a ir de viaje o de excursión porque les apenaba que su hijo no pudiera ver lo que ellos podían ver y admirar. Tanto deseaban que aquel hijo suyo fuera feliz a pesar de su desgracia, que creían que lo mejor era que no supiera que existía un cielo azul, con luna y estrellas, y flores multicolores en las verdes praderas... -¿Para qué? -pensaba la madre-. Es preferible que crea que el mundo es pequeño, tan pequeño como el hogar, donde siempre encontrará amor y protección. Un día, una vecina se ofreció para llevar al niño a pasear por el parque. La madre accedió agradecida, pero contestó: -De todas formas para el pobrecillo no hay diferencia entre pasear por el parque o por la calle y andar por el piso. -Bueno, pero yo procuraré distraerle contándole cosas. Pasearon por una larga alameda alfombrada de hojas secas y de pronto el pequeño invidente se detuvo extasiado: -¿Qué es esto que oigo? -Es el trino de los pájaros. Hay miles de ellos en las ramas de los árboles. -¿Qué son los pájaros? -Son animalitos que pueden desplazarse de un lugar a otro sin tocar el suelo. Es decir, vuelan por el aire. -¡Qué interesante! ¿Y qué son los árboles? -Pues son... como las plantas que crecen en las macetas que tienes en tu balcón pero cien veces mayores. -Sí, ahora lo comprendo. ¡Cuánto me gusta pasear... andar siempre sobre este suelo blando sin encontrar paredes ni muebles que estorban o impiden el paso! Otro día quisiera volver al parque. ¡Qué bonito lo encuentro! -Sí, volveremos, volveremos. He aquí cómo aquellos padres, aun queriendo tanto a su hijo habían ignorado el modo de hacerle feliz. No habían pensado que a una persona ciega le pudiera gustar andar por un camino sin obstáculos, recrearse con el piar de los pájaros o sentir sobre el rostro la caricia de la lluvia y el viento. Intentemos hacer felices a los demás pero no tratemos de imponerles nuestra felicidad o lo que creemos que será para ellos su felicidad...Ayudémosles a buscar. La felicidad es un camino tan personal como únicos somos cada uno de nosotros.
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