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AMIGOS Tengo
un amigo que se llama Antonio. Está paralítico. Lleva más de quince araos en
una silla de ruedas, con esclerosis múltiple. Hasta hace poco podíamos salir
por las calles y dar paseos por los jardines del río. Allí pasábamos ratos
deliciosos charlando o leyendo a la sombra de los árboles en verano o al sol
suave del invierno. Y nos hicimos amigos de los jardineros. Desde hace dos años
está peor. Ya no podemos salir. Muchos
días voy a verle a su casa y hablamos, leemos, vemos documentales de televisión
o estamos callados. Cuando llego a su casa, siempre me recibe con una alegre
sonrisa. Me suele decir: «Qué día tan bueno hace hoy
¿verdad?» Tan contento como si en realidad fuéramos a salir a pasear
como antes. Mi
amigo Antonio dice que ha tenido mucha suerte en la vida, porque su mujer es
encantadora y sus hijos
estupendos, vive en una buena casa, ha disfrutado de una profesión que
le ha llenado -es militar- y tiene muchos amigos. Su enfermedad es lo de menos.
Eso dice. Y es así. A su lado se siente una paz indescriptible. Porque da la
paz que él tiene. Con Antonio, a veces, hablamos de cosas de Dios. Comentamos, por ejemplo, el libro «El evangelio secreto de la Virgen María» del Padre Santiago Martín, que leemos ,juntos, hace tiempo. Si le digo que lo dejamos para leer o hablar de cosas menos trascendentes, no quiere. Y de vez en cuando me hace repetir una frase o una párrafo para comprenderlo mejor. Por todo eso, estar un rato con Antonio se parece a lo que debe ser estar un rato en e cielo.
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