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Bienaventuranzas, obras de misericordia, mandamientos, sacramentos SENCILLEZ, FE,
FORTALEZA Tebe Dazzie se había casado con Mario Ciandi en 1940. Apenas tenía veinte años, y era una criatura tímida y encogida; Mario, fuerte y decidido, le había dicho. -No te quiero asustadiza, como las demás. Eres buena y tienes la fortaleza de los limpios de corazón; por eso me casé contigo. Yo sé que tú sabrás ser valiente si se presenta la ocasión. Y
la ocasión se presentó. Eran los tiempos de la guerra. Mario fue llamado al
cuartel de Zara, una población cercana a la aldea donde vivían. Tebe fue con
él, estuvo a su lado un tiempo, pero llegó la orden de salida de la población
civil, y Mario quedó solo en Zara. Escribía a su esposa siempre que le era
posible, y Tebe leía aquellas cartas rezando siempre, pidiendo a Dios por el
fin de aquella guerra. Un día las cartas no llegaron; era imposible obtener
noticias, y Tebe, angustiada, veía pasar el tiempo sin unas líneas de Mario,
sin algo que le indicara si aún vivía. Terminada
la guerra, el armisticio no solucionó las cosas. Soldados alemanes pululaban
por las carreteras y las órdenes eran tajantes: los italianos que no llevaran
salvoconducto podían ser fusilados en el acto. Tebe
pidió un salvoconducto: tenía que ir a Zara, averiguar qué había sido de su
esposo, saber algo. Le fue negado. Y no lo pensó más. Se despidió de su
familia: -Iré
a por mi esposo. El corazón me dice que vive y me necesita. No, no me detengáis
porque es inútil. Ya sé que si me cogen sin salvoconducto me matarán, pero no
me queda otra alternativa. Dios me ayudará. No
hubo fuerza humana que la retuviera, y aquel anochecer, Tebe Dazzie se puso en
camino. Arrastrándose, escondiéndose, rendida, sucia y agotada, llegó al
amanecer a Zara. Ya no era la ciudad de otros tiempos: todo eran escombros,
ruinas, desolación. Una mujer le informó que el cuartel había sido evacuado
por los soldados antes del bombardeo. Un fraile no supo indicarle más que
preguntara a la Cruz Roja por si Mario figuraba entre los muertos o heridos
recogidos. No
figuraba, pero nadie supo darle más rastro. El anochecer la sorprendió
buscando, angustiada, febril, sin fuerzas ya. Durmió en un refugio antiaéreo,
y al amanecer comenzó otra vez sus indagaciones. El sol comenzaba a ponerse de
nuevo cuando, exhausta, destrozada, se dejó caer entre las ruinas de lo que
fuera la iglesia, rezando y llorando. Y fue entonces cuando, como un chispazo,
el nombre acudió a su mente: Oltra, un pequeño islote frente a Zara, habitado
por algunos pescadores. Si Mario vivía, estaría allí... ¡Y allí estaba!
Delirando, enfermo, herido en las piernas, cubiertas de llagas enormes que le
hacían sufrir horriblemente y le impedían andar. Tebe no lo dudó, vendó como
pudo las piernas de su marido y se preparó para la marcha. -Yo
te salvaré, Mario, ya verás. Dios me ha ayudado hasta ahora, nos seguirá
ayudando. Yo te salvaré. Una
barca los dejó en la playa al anochecer. Con el cuerpo de su marido casi a
cuestas, cayendo, levantándose, volviendo a caer, aquella frágil mujer empezó
a andar, a andar camino de su aldea. Fueron dos días de angustia, de contener
hasta la respiración; de deslizarse, y de rezar, de rezar con toda el alma para
que Dios le condujera hasta el fin. Dos días de pesadilla. -¿Cómo pudo soportarlo? -le preguntaron después. -Yo
sola no, Dios me ayudó -fue la respuesta. Las piernas de Mario no aguantaron aquella carrera. Estaban gangrenadas y hubo que cortárselas. Tebe y Marío, sin sus piernas se trasladaron felices a Camolgia. Y su respuesta a la admirada encuesta del locutor fue la más emocionante demostración de sencillez, de fe y de fortaleza: «Yo me encomendé a Dios, y cumplí con mi deber». Bienaventuranzas, obras de misericordia, mandamientos, sacramentos |
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