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El 21 de junio de 1957 murió en París, tras penosa enfermedad, Federico Carlos Borgone, más conocido por Claude Ferrére, escritor francés y miembro de la Academia Francesa. Nació en Lyon en 1876 y ejerció de un modo semejante a su amigo Pierre Loti la doble carrera de oficial de Marina y de hombre de letras. Desgraciadamente, la mayor parte de sus obras literarias no son aconsejables. ¿Cómo un hombre de quien se ha dicho que fue el «novelista del exotismo y de las pasiones desbordadas» pudo encontrar el camino de la fe? A este propósito hay que hacer memoria de las conversaciones y entrevistas que Claude Ferrére sostuvo con el padre Jean Peltier su buen amigo. El abbé Peltier era un hombre algo original en algunas de sus cosas. Hacía colección de autógrafos. A toda costa quería enriquecerla, y para ello se le ocurrió un día escribir al académico para obtener su firma. De la parte de éste el padre Peltier recibió un retrato del escritor, bajo el cual se leía: «Para el abbé Jean Peltier, suplicándole que ruegue desde lo más profundo de su alma por el pobrísimo hombre cuyo retrato ve ahí encima y que desea muy de veras que Dios le otorgue la valentía de confesar un día la pesada carga de todos sus pecados y obtener el perdón, ya que pocos pecados han sido ardientemente llorados como los de Claude Ferrére». Si el abbé Peltier era un hombre algo original, debajo de su apariencia se ocultaba un alma de apóstol verdadero y decidido. Sin esperar a más, tomó el tren y corrió a París, para devolver -según propias palabras- a este hombre de buena voluntad «la paz cristiana, la paz dichosa de un corazón a quien el cielo ha perdonado». La conversión de Claude Ferrére fue en efecto completa y definitiva. Las dedicatorias de los libros que escribió posteriormente lo han testimoniado. En su novela «La Segunda Puerta», escribió: «A mi querido amigo, el abbé Peltier, con todo mi corazón». En su lecho de muerte guarda todavía una fe intacta y la más grande confianza en Dios. El abbé Peltier, que le asistió en esta última prueba, nos ha dado todavía un testimonio más. Dice así: «Se encontraba ya muy enfermo. No hicimos más que cambiar algunas palabras, pero ¡cuán preciosas y ricas realidades sobrenaturales!» -¿Usted acepta la cruz que Dios le envía? -De todo corazón. -¿Usted está conforme con la voluntad de Dios? -De todo corazón. -¿Le ama? -¡De todo corazón» «Yo admiraba -escribe todavía el padre Peltier- la firmeza sencilla y segura que esa alma tenía de sí misma, la cual, después de una larga vida de pasiones, habiendo renovado para con Dios unos lazos que no se habían roto jamás del todo, se abandonaba en el dintel de la muerte, a la voluntad suprema. Le di la absolución por última vez y él hizo la señal de la cruz por todo lo ancho de su pecho». Si no se notan más conversiones tan espontáneas y seguras como la suya, es sin duda por falta de almas intrépidas como el abbé Jean Peltier, dispuestas a todo con tal de acercar un alma a Cristo. Bienaventuranzas, obras de misericordia, mandamientos, sacramentos
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