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Bienaventuranzas, obras de misericordia, mandamientos, sacramentos PARA COSECHAR HAY QUE SEMBRAR Cuentan
que un joven argentino , gracias a los esfuerzos de su padre, labrador, pudo
ir a estudiar Agronomía a la Universidad. Y cuando acabó sus estudios, en
lugar de colocarse cómodamente en una gran ciudad, decidió regresar a su
pueblito para tratar de aplicar allí todo lo que en la Universidad había
aprendido. Y lo hizo recordando muy bien el último consejo que sus profesores
le dieron:«Cuando tengas que realizar alguna empresa agrícola no te fíes de
lo que sabes, consulta antes a los viejos del pueblo, que muchas veces, en su
incultura, saben más que todos los científicos.» Y así lo hizo nuestro
joven ingeniero: se acercó un día al más viejo del lugar, don Laureano, y
le preguntó: -¿Ha
visto, don Laureano, mi campito? -Sí, ¿cómo no lo voy a ver? -contestó el
viejo-. Lindo lo ha dejado, patroncito -añadió. -Y bien, don Laureano, yo le quería preguntar
una cosa: ¿Usted cree que este campito me dará buen algodón? -¿Algodón dijo, patroncito? -respondió
dubitativo el viejo-. No, mire, no creo que este campo le pueda dar algodón.
Fíjese los años que yo vivo aquí, pues nunca vi que este campo diera algodón. -¿Y maíz? -insistió el joven-. ¿Usted cree
que me puede dar maíz? -¿Maíz dijo, patroncito? No, no creo que este
campo le pueda dar maíz. Por lo que yo sé, ese campito lo más que le puede
dar es algo de pasto, un poco de leña, sombra para las vacas y, con suerte,
alguna frutita de monte. Pero maíz no creo que le dé. Cada vez más desconcertado, nuestro joven
ingeniero insistió aún: -¿Y soja, don Laureano? ¿Me podrá dar soja el
campito? -¿Soja dijo, patroncito? Mire, no quiero
macanear. Yo nunca he visto soja por estos lados. Ya le dije: más, algo de
pasto, un poco de leña, sombra para las vacas y alguna frutita de monte, no más. Y el joven ingeniero, cansado de oír siempre
la misma respuesta, esta vez ya no preguntó. Y dijo: -Bueno, don Laureano, yo le agradezco todo lo
que me ha dicho. Pero, de todos modos, quiero hacer la prueba. Voy a sembrar
algodón en el campito y vamos a ver lo que pasa. Y fue entonces cuando vio que el viejo
levantaba los ojos y con una media sonrisa en los labios le decía: -Hombre, claro, patroncito, sl se siembra...,
si se siembra es otra cosa. Leyendo esta historia-fábula he pensado que el
mundo está lleno de don laureanos, que están absolutamente convencidos de
que las cosas no funcionarán precisamente porque no se molestaron en
comprobar si funcionaban. Están los estudiantes don laureano. Son los
que quisieran ser alguien en su vida, pero creen que se puede saber sin
estudiar, triunfar sin esforzarse, ganar unas oposiciones confiando en la
suerte o en las «ayuditas» de alguien. Naturalmente, cuando fracasan lo
achacan a los enchufes de los demás, a la mala suerte o a la tierria que
alguien les tiene. ¿Y si probasen a sembrar? Están los donlaureanos religiosos, que se
quejan de que Dios no les ayuda, de que no le ven, de que le piden cosas y El
no contesta, y es que creen que Dios está ahí para dar lo que ellos no
tienen el coraje de buscar o realizar. Son los que quejan de estar perdiendo
la fe o de haberla perdido, y no se dan cuenta, de que toda fe que no se
practica acaba muriéndose. Son los que echan toda la culpa a los «curas o a
la Iglesia» -como ellos dicen, sin darse de que la Iglesia son ellos- de que
las cosas marchan mal en ,mundo. Están los padres donlaurearnos: se quejan de
«cómo les han salido sus hijos» o de «quién os habrá enseñado esas
cosas», y no saben que los hijos lo único que han hecho es llevar a las últimas
consecuencias las faltas de fe que vieron en sus padres o el afán crematístico
que fue el centro de sus vidas. Pero parece que para que el campo de maíz,
para que unos estudios den fruto, para que una fe llene de entusiamo, lo que
hay que hacer es sembrar maíz, trabajo o fe. No vaya a ocurrirnos lo que a aquel rabino tacaño
que, en sus oraciones, se quejaba diariamente a Dios: -¡Oh, Yahvé! -decía-: ¿Como es que en este
mundo siempre triunfan los malos? ¿Cómo es que siempre son ellos los que
tienen de todo: dinero, fama y hasta suerte. Ayer, fíjate, le tocó la lotería
a mi vecino, el carnicero. ¿En qué te crees que va a gastarse el premio? En
pecar y pecar. Si me hubiera tocado a mí, ahora tendrías tú ya una nueva y
hermosísima sinagoga, porque yo no te pido ni siquiera la suerte para mí,
sino para tus cosas. ¿Acaso no sabes tú en qué número va a tocar en la próxima
extracción? ¿Qué trabajo te costaba chivármelo? Y así rezaba y rezaba el piadoso rabino. Hasta
que, al fin, escuchó una voz de lo alto que decía: «Tienes razón, tienes
toda la razón. Haré que te toque a ti. Pero ¿no podrías tú, al menos,
comprar un décimo para que pueda tocarte?» JLMD Bienaventuranzas, obras de misericordia, mandamientos, sacramentos
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