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SABANA SANTA

 anecdotas y reflexiones 

Viviendo el catecismo de la Iglesia Católica

 

Bienaventuranzas, obras de misericordia, mandamientos, sacramentos

LOS PRIMEROS Y LOS ÚLTIMOS

Cuando un sacerdote comete un pecado ligado al sexo o al dinero, es noticia en todas las portadas de los periódicos. No importa que otros que no son sacerdotes hagan cosas mucho peores, ni tampoco que la práctica totalidad del clero no incurra en esos errores. La mirada del público es conducida meticulosa y concienzudamente hacia el mal de ese hombre.

Cuando la Iglesia rechaza el uso del preservativo en la lucha contra el sida, se le acusa de fomentar esa enfermedad. No se dice que el 40% de los enfermos de sida están atendidos por religiosos católicos, ni que varios estudios demuestran que el uso del preservativo, por la confianza que proporciona, termina por incidir negativamente en la prevención del mal.

Cuando el Vaticano dice que no se puede matar a un no nacido porque es un ser humano que tiene derechos, se le acusa de oscurantista y de enemigo de la mujer. Pero nadie habla de que hay miles de mujeres en el mundo que han dejado la prostitución gracias a grupos de monjas que se dedican a ayudarlas, y de que hay millones de niños que han podido nacer porque la Iglesia ofreció ayuda económica y psicológica a sus madres para que optaran por dejarles vivir.

Cuando los católicos nos negamos a permitir que los embriones sean utilizados como material para obtener órgaños humanos, ni siquiera con la excusa de que así se salvarán vidas, se dice que no tenemos corazón ni conocemos la compasión. Pero se oculta que hay millones de pobres alimentados diariamente en los comedores de la Iglesia, y que hay miles de enfermos que recuperan la salud en los hospitales católicos.

Pues bien de todo este cúmulo de injusticias y mentiras que nuestro mundo practica y por el que algún día habrá de rendir cuentas, hay una que las gana a todas: el ocultamiento también sistemático y deliberado de lo que hacen los más grandes de entre los nuestros: los misioneros. Ellos y sólo ellos están los primeros a la hora del combate por la verdad, por la justicia, por la paz. Ellos consuelan a los que han sido masacrados por las multinacionales que engordan a los liberales y progresistas. Ellos devuelven la dignidad perdida a los niños y niñas que han sido esclavos sexuales de los ricos occidentales que van al Tercer Mundo en busca de un placer innoble. Ellos alimentan, ellos educan, ellos evangelizan.

Ellos, en cambio, son los últimos en irse cuando hay guerras -y con frecuencia los matan por eso-. Ellos son los últimos en comer, en descansar, en curarse. Ellos son, también, los últimos ante la opinión pública, que cada vez los conoce menos, los admira menos y, por eso, los imita menos.

Santiago Martin

Bienaventuranzas, obras de misericordia, mandamientos, sacramentos