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María entre nosotros

 

 

 

Bienaventuranzas, obras de misericordia, mandamientos, sacramentos

LA CASA PRESTADA

El incendio de nuestra casa me permitió a mí, niño, explorar numerosos aspectos del alma humana. Descubrí, la para mí inexplicable voracidad de los que se aprovechan de la desgracia ajena y roban al amparo de la humareda: la irracionalidad que hay en el hombre cuando el miedo le domina; el desinterés de personas desconocidas que entraron varias veces en la casa en llamas para ayudar a los míos.

¿Quién dijo que el egoísmo es el rey del mundo?

Recuerdo que a las doce horas de la tragedia ya nos habían ofrecido gratuitamente varias casas. Y entre ellas una que entusiasmó a mi madre: ¡era luminosa y tenía jardín! Mi madre reunió a mis hermanos (yo estaba en el seminario y  supe todo esto más tarde) y les dijo que había que limpiar la casa muy de prisa y ordenar los muebles que nos habían prestado, de tal manera que al atardecer, cuando mi padre regresara de su trabajo -era secretario del juzgado-, se encontrara ya la casa puesta como si realmente nada nos hubiera ocurrido.

Los cuatro se entregaron apasionadamente a la tarea olvidando el cansancio de la noche en vela. Eran las siete y media cuando gritó mi hermana la pequeña desde la ventana: «Ya viene, ya viene». Y todos se prepararon para disfrutar con el gozo que, sin duda. aparecería en el rostro de mi padre.

Pero él miró todo con sonrisa triste. Y dijo sólo: «Lo siento, pero tenemos que dejar ahora mismo esta casa.» Los míos no entendían. Y aún les costó mucho terminar de comprender cuando mi padre explicó que acababa de saber que la persona que nos había prestado la casa tenía un pleito en el juzgado. «Yo sé que él no nos la ha prestado para comprar mi ayuda, pero yo no puedo aceptar en este momento ningún favor suyo.»

Sé que mi madre lloró, que intentó decir a mi padre que comprendería esta decisión si él hubiera sido juez, pero siento tan sólo secretario... ¿en qué podía él influir en la sentencia? Pero nadie logró convencerle. Derrengados como estaban mi madre y mis hermanos abandonaron la casa en aquel mismo momento, sin dormir en ella una sola noche.

¡Cuánto creció en mí la admiración hacia mis padres cuando lo supe!  

 

JLMD

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