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María entre nosotros

 

 

 

Bienaventuranzas, obras de misericordia, mandamientos, sacramentos

JUSTICIA CON AMOR

Me hubiera gustado una entrevista más afectuosa y más entretenida. El asunto era importante e interesaba unos buenos resultados. Pero no fue así. Tuvimos que aguantar una conversación torpe y tensa. ¿Por qué? No lo sé. Ahora mismo, a distancia de tiempo y espacio, ni lo entiendo ni lo comprendo. No me explico. Son cosas de la vida que a veces suena como uno quiere y otras suena por casualidad como la flauta del burro.

Andaba entonces predicando en unas minas. Los obreros me pidieron que tuviera una entrevista con el director para ventilar algunos asuntos de interés y de estricta justicia. Pedí audiencia y me la concedieron.

Yo esperaba aquella tarde como agua de mayo. Había preparado la entrevista con tiempo y reflexión. Me bullían en la cabeza motivos, razonamientos lógicos, conveniencias sociales, argumentos cristianos y hasta sentimientos de pura humanidad. Los objetivos eran claros y terminantes.

Era una tarde preciosa de mayo. Las seis de la tarde. Los obreros habían dejado la mina camino de sus casas. Algunos jefes rondaban perezosamente sus despachos. Llamé a la puerta del despacho del director y entré:

-Buenas tardes. -¡Hola! Usted dirá.

Me quedé cortado sin saber por dónde empezar. Sus ojos eran fríos. El ceño era duro y cerrado. Aquel despacho olía a rigidez de matemáticas y a frialdad de métodos y técnicas de producción. Carpetas y metal. Me encontraba mal.

-¿Fuma? -me dijo. 

-Gracias. Y tomé un cigarro de una caja de caoba.

Se hizo un profundo silencio. Él sabía el objeto de mi visita y sabía mejor que yo la situación y los razonamientos de los mineros. (Él los llamaba productores.)

-Usted cree que todo es tan sencillo como rezar un padrenuestro- se adelantó.

-No. Rezar honradamente un padrenuestro compromete más. Llamar a Dios «Padre» complica nuestra existencia, quizás tanto o más que presentar unas buenas cuentas y repartir unas ganancias.

 -No querrá decir...

-No quiero decir más de lo que digo. Usted reza, lo he visto en la iglesia. Sólo quiero decirle que Dios es también Padre de esos mineros y usted...

Se hizo un silencio cortante. Estaba incómodo, a disgusto. Veía que todo iba a quedar en nada y que todas mis ilusiones se venían al suelo como pesos sin vida.

-Mire, Padre -me dijo con un tono de falsa misericordia-:¿Por qué se mete donde no le interesa y donde no le llaman? 

-Oiga, a mí me interesa esto tanto y seguramente más que a usted. La justicia es cosa de todos, también mía. Y me he metido en su despacho con su permiso y porque me lo han pedido.

Cambió de tono. Aparentó una amabilidad que no sentía, a la vez que esbozaba una sonrisa superficial y falsa.

-Mire usted, pedir es fácil. Por pedir se puede pedir hasta la luna.

-Es verdad, pero resulta que no pedimos la luna. No nos interesa. Pedimos para tener una casa, pan y vestido, trabajo suficiente y en buenas condiciones. Además sabemos que para conseguir esto tenemos nuestras obligaciones y no las negamos.

-No me venga usted con demagogias... el negocio es el negocio. Todo esto se lo cuenta usted a sus muchachos y a las viejas de su iglesia. Yo tengo mi conciencia tranquila y ya he dejado de ser un niño.

-¡Qué pena! ¡Ojalá no hubiera dejado usted de ser niño! Entendería mejor las reglas de la justicia y del amor. Entendería que el negocio no es un juego para ganar desmesuradamente, sino un trabajo para crear riqueza y distribuirla equitativamente entre los hombres. Y sepa que en la Iglesia también recibe Dios a sus hijos pródigos y arrepentidos.

Me levanté. Sin odio y sin rencor le tendí mi mano y estreché la suya. Tenía un sabor amargo en mi boca y los labios resecos como tablas. Aquella noche vino un grupo de mineros. Les di mi mala noticia. Se quedaron como parados y les dije con toda sencillez:

-¡Seguid luchando!; pero entended que la justicia no está reñida con el amor.

Damián Iribarren

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