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Bienaventuranzas, obras de misericordia, mandamientos, sacramentos HOMBRE BUENO, TAXISTA BUENO, CRISTIANO BUENO Todo en el mismo paquete, o sea, en la misma persona. Es imposible ser buen cristiano si no se es buena persona y buen trabajador en la propia profesión. Y es requisito fundamental para ser buen cristiano ser buena persona y buen trabajador. Es lo que decía una antigua oración: «Señor de lo selvático llévanos a lo humano y de lo humano a lo divino». Pero a lo que vamos y de quien hablamos. Conocí un taxista creyente y padre de familia. La claridad de su fe resalta en tantos rasgos de su trabajo profesional, que algunos de sus familiares y conocidos le llamaban el taxista bueno; me han referido varios de esos rasgos, y me han dicho que pudieran referir muchos más. He aquí tres de ellos, según me los contaron. Se encontraba Mariano sentado al volante de su taxi, esperando algún cliente, cuando oye risotadas y voces procedentes del parque contiguo a su parada. Presta atención, y pronto conoce cuanto está ocurriendo: un hombre de mediana edad, con risa tonta de borracho, agarrado a un banco del paseo para no caerse, y cuatro o cinco mozalbetes a su alrededor, que le empujan y se divierten con él. Allá corre Mariano en su coche; dispersa a los atrevidos; recoge al hombre mareado y lo conduce a su domicilio, donde lo confía a los familiares, sin exigir nada por el viaje. Cuando algún compañero le comentaba que con carreras como esa, se iba a la ruina, él contestó: -Nadie se arruina por ayudar a los demás. La casa de Mariano está a las afueras de la ciudad, junto a una carretera vecinal por la que pasan algunos pobres. La esposa de Mariano -tan bondadosa como él- atiende a todos los que llaman; les da cena caliente; les deja pasar la noche en el pajar... Un día ha preparado la mesa para una mendiga nada simpática por su poca limpieza y por la mala fama de su vida anterior. La ha acomodado en la silla; le ha servido el plato, y la deja sola para que coma, mientras ella se va para atender a otro pobre. Pero a esta mendiga le tiemblan las manos; y no se arregla para comer sola. No importa: ahí está Mariano, que se acerca; se sienta junto a ella, y le va dando de comer como una madre a su hijo, como el nieto más cariñoso a la abuelita más limpia y agra-decida... Y al taxista bueno de mucha fe se le ocurría pensar que Jesús, si algún día le hablara de esto, podría decir-le al pie de la letra: «Yo tenía hambre, y tú me dabas de comer...». Uno de los hombres recogidos por la esposa de Mariano es Antonio, que no tiene trabajo, que está muy enfermo. Tan enfermo, que se le declara tisis galopante, y es preciso llevarlo con urgencia al hospital de la ciudad, que dista quince kilómetros. No hay ambulancia; pero ahí está el taxista bueno: lo envuelve en mantas; lo acomoda a su lado en el coche, y se dispone a trasladarlo. Un vecino le advierte que lleve las ventanillas bien abiertas, no sea que el enfermo tosa y se contagie. Mariano responde en seguida: -Estate seguro de que Dios no permitirá que yo quede contagiado por llevar un enfermo al hospital. Así era la fe del taxista bueno. Así habría de ser la fe del cristiano bueno. Bienaventuranzas, obras de misericordia, mandamientos, sacramentos
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