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María entre nosotros

 

 

 

Bienaventuranzas, obras de misericordia, mandamientos, sacramentos

LA FLOR DE LA GRATITUD

-¡Escapa, Ginette! Mientras avisaba atropelladamente a su compañera, la mujer, ojos pintarrajeados, vestimenta descuidada en una mezcolanza de miseria y elegancia barata echó a correr. La pareja de gendarmes vaciló un instante. Comprendió que era imposible apresar a las dos mujeres. Los dos hombres se acercaron a Ginette, acorralada. El aviso había llegado para ella demasiado tarde. Estaba bloqueada en aquella esquina del quai del Horloge parisino. Con una minada de rabia y desesperación, se entregó. Y con su hijo en brazos -la mirada sorprendida y asustada criatura de cuatro años escasos- siguió a los gendarmes.

Estaban ya a la puerta de la cárcel. Ginette sabía lo que le esperaba. ¡Era una ladrona! No tenía ganas ni de defenderse. Pero le indicaron que debía separarse de su hijo. Era en lo único que no había pensado durante la persecución y la batida policíaca.

-Ande, entregue la criatura y pase. No tema. Su hijo será recogido por la Asistencia Pública- le dijo ahora una voz que quería ser apaciguadora.

¡La Asistencia Pública! Ella sabía lo que de frialdad, de sequedad, había en la Asistencia: había vivido durante su infancia en el luto de aquellos Asilos...

-¡No, la Asistencia pública, no!

Ella era una ladrona. Pero tenía corazón. En lo hondo de sus flaquezas, de su amoralidad, latía un corazón. Un corazón de madre. Y ella hubiera querido gritar que lo que su hijito necesitaba, al quedarse sin madre, era otro corazón y otros brazos amorosos, en vez del helado ambiente de la Asistencia Pública...Los que ella no había tenido.

Vio que a poca distancia de allí pasaba una monja. La miró con dulzura, con extraña reverencia. ¿Cuánto tiempo hacía que Ginette vivía lejos de Dios? Habría que contarlo por años... Y sin embargo... Una lucecita de fe, de confianza, brillaba aún en el alma de la mujer infortunada.

-Hermana, Hermana - suplicó-, usted que cree en Dios y a quien Dios tiene que ayudar, llévese con usted a mi hijo!

La religiosa se detuvo a unos pasos de la detenida. Le envió una mirada de ternura y compasión. Comprendía su angustia. Miró también la figura escuálida del niño, que se apretaba contra el pecho de su madre. ¿Pero qué podía hacer ella, una pobre monja?

Y sin embargo... También una mujer infortunada, caída en la degradación, pero con un ¡incorruptible corazón de madre, podía ser el instrumento de que Dios quería servirse para revelar a la Hermana Magdalena una vocación particular..

Así fue. De aquel inesperado encuentro con una detenida de derecho común, nació para la hermana Magdalena un nuevo camino, bordeado de alegres y dulces compensaciones y también -¿cómo no en este inundo imperfecto? -de ratos amargos y de pruebas...

Un corazón y unos brazos de madre... Aquello fue lo que en adelante ofreció a docenas de hijos de madres delincuentes, una abnegada Hermana Magdalena. En la empresa volcó a manos llenas todo cuanto pudo hallar: dinero, relaciones sociales -porque la Hermana Magdalena era en el mundo la hija de un conocido abogado francés-, y sobre todo amor; mucho amor...

Bienaventuranzas, obras de misericordia, mandamientos, sacramentos