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Bienaventuranzas, obras de misericordia, mandamientos, sacramentos

ESPECIES EN EXTINCIÓN

Los niños son una especie en extinción en nuestra moderna sociedad. Impiden que los padres puedan salir de vacaciones, o a cenar y salir fuera de casa cuando les plazca; hay que educarlos, pagar su comida, educación, formación, y, después de todo, te pueden salir rana, o no encontrar trabajo y vivir en la casa paterna hasta los cuarenta años. 

Se defiende y protege el derecho del adulto a realizarse, a ser él mismo, a disfrutar de la vida, a conocer otros lugares, a descansar después del trabajo intenso, a salir con los amigos. Por lo tanto, los hijos deben venir cuando les convenga a los padres-progenitores, por su trabajo o por su situación económica o profesional. Da igual que sus padres estén casados o vivan cualquier tipo de unión más o menos inestable: el niño tendrá que padecer los vaivenes afectivos y sentimentales de los adultos, ahora que la adolescencia se ha prolongado inmensamente en el tiempo, y la inmadurez de la edad del pavo permanece durante décadas. Poco cuenta la necesidad del hijo a tener un padre y madre permanentes y con quienes conviva.

No nos engañemos: los hijos son fuente de sufrimientos y de preocupaciones, pero los hijos son también, y especialmente, origen de muchas alegrías y satisfacciones, y el motivo para seguir luchando para muchos padres: de cuidarlos y sacarlos adelante, trabajar por ellos, enseñarles cosas, explicarles lo que es bueno y malo, ayudarles a madurar en sus ideas y proyectos, educarles en libertad, aconsejarles en su toma de decisiones.

 Esta especie en extinción, cada niño, es un bien enorme en sí mismo: biológico, psicológico y moral. Es la manifestación del amor que se tienen sus padres, y cada niño tiene por delante su propia vida, pendiente de ser vivida, repleta de ilusiones, abierta para que descubra la verdad y el amor, y para ser feliz y hacer felices a los demás. La maternidad-paternidad es un excepcional negocio: ¿quién da más?

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