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SABANA SANTA

 anecdotas y reflexiones 

Viviendo el catecismo de la Iglesia Católica

 

Bienaventuranzas, obras de misericordia, mandamientos, sacramentos

EL LADRÓN DE ABETOS

Nunca olvidaré un pequeño incidente que tuvo lugar en Canton, en Ohio. Uno de mis primeros grandes proyectos como monja fue la construcción de una gruta para Nuestra Señora. Como de costumbre, no disponía de dinero para mi misión. Esto significaba que tenia que recoger donativos entre los miembros de la comunidad. No tuve mucho éxito y acabé acudiendo a los jóvenes del lugar, en busca de alguien que dispusiera de «tiempo libre» para ayudarme. Por suerte me encontré con un chico llamado Sam, a quien conocía desde que era niño. Le encantó ofrecerme su ayuda y la de sus amigos.

-Por supuesto, hermana. A mí y a mis amigos nos encantará echarle una mano.

En un tiempo sorprendentemente breve construimos una hermosa gruta y en la misma enterramos un pergamino con los nombres de quienes la habían convertido en realidad.

Faltaban todavía algunos días para la bendición de la misma. Sam y yo estábamos admirando nuestra labor, cuando de pronto se le ocurrió la excelente idea de plantar unos abetos alrededor de la gruta.

-Magnífico -exclamé-. Pero ¿no son algo caros?

-No se preocupe -respondió-. Hay un individuo en la montaña que tiene una auténtica plantación. No se dará cuenta si le faltan algunos.

-Pero, Sam, eso es un robo -le dije.

-No, no lo es, hermana. Esos árboles pertenecen a Dios, ¿no es cierto?

No suelo quedarme sin palabras, pero la respuesta de Sam me dejó perpleja. Era evidente que su conciencia necesitaba ser enderezada. Los árboles pertenecían efectivamente a Dios, pero también al hombre en cuya propiedad crecían. Mi amigo Sam estaba algo confundido con relación a lo que Dios esperaba de él. Con el fin de ayudarme estaba dispuesto a «suspender» el mandamiento «no robarás». Lo que le interesaba no era descubrir la verdad, sino hacerse con los abetos.

Sam tuvo un disgusto cuando me negué a aceptar los árboles «gratuitos». Y no estoy segura de que comprendiera qué había de malo en ello.

Si bien la mayoría de la gente no estamos acostumbrados a hurtar abetos, con frecuencia nos vemos atrapados en un juego de racionalización de lo que sea que deseemos hacer.

Adaptamos nuestra ética a la situación en la que nos encontramos, en lugar de hacer lo que sabemos que es correcto. He ahí donde intervienen las Escrituras y la Iglesia. Todos necesitamos directrices inalterables y verdades a las que podamos ajustar nuestra vida. Como católica, agradezco a la Iglesia que me proporcione una comprensión clara de lo que Dios espera de mí.

M. Angelica

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