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SABANA SANTA

 anecdotas y reflexiones 

Viviendo el catecismo de la Iglesia Católica

 

Bienaventuranzas, obras de misericordia, mandamientos, sacramentos

¿DONDE DEJAMOS EL CORAZÓN?

Decía en una de sus catequesis el Papa Lucíani (Juan Pablo I)

«Los mandamientos son un poco difíciles de cumplir, a veces muy difíciles; pero Dios nos los ha dado no por capricho ni en interés suyo, sino al contrario, en interés nuestro. Una vez, una persona fue a comprar un automóvil. El vendedor le hizo notar algunas cosas:

-Mire que en el coche posee condiciones excelentes, trátelo bien: ¿sabe?, gasolina súper en el depósito, y para el motor, aceite del fino.

El otro le contestó:

-No; para su gobierno le diré que de la gasolina no soporto ni el dolor, ni tampoco del aceite; en el depósito pondré champagne que me gusta tanto, y el motor lo untaré de mermelada.

-Haga Ud. como le parezca, pero no venga con lamentaciones si termina con el coche en un barranco.

El Señor ha hecho algo parecido con nosotros: nos ha dado este cuerpo animado de un alma inteligente y una buena voluntad. Y ha dicho: esta máquina es buena, pero trátala bien. Estos son los mandamientos: Honra al padre y a la madre, no matarás, no te enfadarás, sé delicado, no digas mentiras, no robes... Si fuéramos capaces de cumplir los mandamientos, andaríamos mejor nosotros y andaría mejor también el mundo.

Y luego, el prójimo...; pero el prójimo a tres niveles: unos están por encima de nosotros, otros están a nuestro nivel, y otros debajo. Sobre nosotros están nuestros padres. El catecismo decía: respetarlos, amarlos, obedecerles. El Papa debe inculcar respeto y obediencia de los hijos a los padres. Me dicen que están aquí los monaguillos de Malta: que venga uno, por favor. Los monaguillos de Malta que han prestado servicio durante un mes en San Pedro:

-Veamos. ¿Cómo te llamas?

-Jaime.

-Jaime. Dime, Jaime: ¿no has estado enfermo alguna vez?

-No.

-¿Nunca has estado malo?

-No.

-¿Ni siquiera con un poco de fiebre?

-No.

-¡Qué afortuñado! Pero cuando un niño se pone enfermo, ¿quién le da un poco de sopa, alguna medicina? ¿No es la madre? Pues bien, tú te haces mayor y tu madre envejece; tú te conviertes en un gran Señor y tu pobre madre a lo mejor está enferma en la cama. Entonces, ¿quién le dará un poco de leche y medicinas? ¿Quién?

-Mis hermanos y yo.

-¡Estupendo! Sus hermanos y él, ha dicho. Me gusta. ¿Has entendido?

Pero no sucede siempre así. Yo, de obispo en Venecia, solía ir a veces a visitar asilos de ancianos. Una vez encontré a una enferma anciana.

-Señora, ¿cómo está?

-Bah, comer, como bien; calor, bien también, hay calefacción.

-Entonces está contenta, ¿verdad?

-No. Y casi se echó a llorar.

-Y, ¿por qué llora?

-Es que mi nuera y mi hijo no vienen nunca a visitarme. ¡Yo quisiera ver a los nietecitos!

No bastan la calefacción, la comida: hay un corazón; es menester pensar igualmente en el corazón de nuestros ancianos. El Señor ha dicho que los padres deben ser respetados y amados también cuando son ancianos.»

Bienaventuranzas, obras de misericordia, mandamientos, sacramentos