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Bienaventuranzas, obras de misericordia, mandamientos, sacramentos

CORREO DEL CORAZÓN

Casi todos hemos sonreído alguna vez leyendo ese rincón que muchas revistas dedican a consultorio sentimental. Unas veces, por lo insustancial de las preguntas, otras por la superficialidad de las respuestas. Y sin embargo, más de una vez afloran a través de esas consultas dramas y sufrimientos reales, infortunios, problemas y amarguras.

¿Por qué no habría de andar también entre esos «correos del corazón», como se les llama en Francia, la presencia de Dios, la voz de Dios?

Eso es lo que pensó y a eso es a lo que respondió afirmativamente el Padre Desmarais, dominico canadiense. doctor en filosofía y en teología. diplomado de Sicología, que parecía destinado a una carrera de profesor o de investigador científico, y que llevó sobre sus espaldas más de 1.000 emisiones radiofónicas y recibió alrededor de 400 cartas semanales a través de su «correo del corazón», distinto de los otros, y que llegaba por las ondas hasta millares de corazones dichosos o agobiados...

-Cuando me la propuso el director de Radio Canadá, acepté la idea porque me pareció que agracias a ella podría ofrecer soluciones cristianas a muchas personas que las necesitaban -dijo el P. Desmarais a un periodista-: a fin de cuentas, era una posibilidad de evangelizar.

De esa manera, en vez de respuestas dudosas, de sentimentalismos desorientadores, de superficialidades materialistas, muchos corazones hallaron para sus dudas y problemas la mejor solución: el consuelo y la luz del Evangelio a través de una voz comprensiva y paternal. Eso representó el famoso «correo del corazón» del dominico canadiense, y a eso se debió el éxito que le acompañó.

De entre sus respuestas es fácil extraer algunas que reflejan el tono del consultorio, siempre confidencial. Por ejemplo, ésta que el P. Desmarais da a un joven que no sabe qué hacer porque la joven a quien ama es ligera de cascos y sólo piensa en discotecas y salidas nocturnas y detesta los niños y la vida hogareña:

-Yo diría que es usted como un imprudente chiquillo empeñado en patinar sobre una capa de hielo finísima. Si continúa usted así, por fuerza acabará cayendo en las aguas heladas de un matrimonio desgraciado... Rompa en seguida con esa muchacha. Eso le hará sufrir, es verdad; pero es un sufrimiento parecido al que siente cuando nos arrancan una muela, o cuando tenemos que hacernos operar de apendicitis ... ¡Se siente uno tan a gusto después!»

O este otro consejo dado a una esposa que confiesa odiar a su marido porque durante mucho tiempo la hizo sufrir con sus celos:

«Dice usted que su marido ha dejado de ser celoso; me alegro y dé gracias a Dios: pero que usted .siga guardándole rencor eso me entristece, pídale a Dios que la hada cambiar a usted. Solucionado el problema de los celos. esfuércese en reconstruir su felicidad matrimonial. El amor de ustedes es como esos árboles que durante el invierno parecen muertos, pero recobran su vitalidad en primavera. Haga brillar sobre ese amor el hermoso sol de la caridad y del perdón cristiano, y tenga la seguridad de que el árbol de su matrimonio florecerá de nuevo.»

Bienaventuranzas, obras de misericordia, mandamientos, sacramentos