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Bienaventuranzas, obras de misericordia, mandamientos, sacramentos
COMO EL BUEN SAMARITANO A pesar de la lluvia helada, mi hermana, Sor María, salió del centro literario donde daba clases para recorrer las ocho travesías (cuadras) que le separaban de su convento. Era una barriada pobre. No llegó a su destino aquél día. A mitad de camino, un hombre saltó sobre ella, le arrebató el bolso, la apuñaló y salió huyendo. Todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos. Increíblemente, mi hermana no sintió dolor ni se apercibió de que había sido acuchillada. Dando gracias a Dios por «haber salido ilesa», se levantó pensando dar parte a la policía al llegar al convento. Anduvo unos cincuenta metros. De repente, se sintió mareada y la vista se le nubló. Agarrada como pudo a una valla, se dejó caer sobre la acera mojada. Los coches pasaban sin detenerse, luchando contra el pavimento helado preocupados más por no derrapar que por lo que veían. Pasaban transeúntes, pero aceleraban el paso para no meterse en complicaciones. Desgraciadamente eran cosas que ocurrían con relativa frecuencia en la barriada. Una sencilla mujer se detuvo e inclinándose sobre mi hermana observó la sangre que ya traspasaba la chaqueta de invierno. Mirando a su alrededor, pudo ver un camión en unas obras cercanas. Se acercó a toda prisa al conductor, y éste, por radio, llamó a la ambulancia. En cuestión de minutos fue trasladada a las urgencias de un hospital cercano, donde los médicos apreciaron que el cuchillo casi le interesaba el corazón, y que de no haber llegado a tiempo se hubiera desangrado. «Monja apuñalada», eran los titulares de los diarios vespertinos. No obstante, ninguno hacía mención de la buena mujer que se detuvo y realmente salvo la vida de Sor María. Enseguida había desaparecido. Tras su recuperación, mi hermana y yo intentamos averiguar por medio de la policía los datos de nuestro ángel anónimo. Se trataba de una emigrante, viuda con tres hijos pequeños. Vivía en unos cercanos apartamentos y se ganaba la vida haciendo faenas. Abrió suavemente, y como con miedo, la puerta, cuando nos presentamos en su casa para darle las gracias. La sala de estar tenía dos sillas, un sofá y una televisión. En una repisa ardía una lamparilla ante una imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Donde yo estaba sentada pude ver un pequeño dormitorio. Dos colchones sin cama ni sábanas. Sobre cada uno de ellos, mantas arrugadas. Uno de los niños se acurrucaba junto a mi hermana que se había sentado en el sofá. La buena mujer decía pocas cosas. Simplemente que vio a mi hermana herida, e hizo lo que pudo por ayudarla. Parecía avergonzada cuando le dábamos las gracias, y rehusó el regalo que le llevábamos porque, según ella, esas cosas debían ser normales entre seres humanos y no merecían recompensa. Poco a poco fuimos adecentando su destartalado piso a través de manos anónimas. Aquella mujer, aparentemente frágil, actuó con la bravura de Cristo, dando amor a un extraño: Todavía existen los «Buenos Samaritanos». Bienaventuranzas, obras de misericordia, mandamientos, sacramentos
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