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Hojas  Culturales
María entre nosotros

 

 

 

Bienaventuranzas, obras de misericordia, mandamientos, sacramentos

 

CADENA DE OBSEQUIOS

Trabajo en una pequeña tienda de cara al público dedicada a la venta de libros y material de papelería. Muchas veces quien entra sólo lo hace para pedir información, no para comprar: que si dónde hacen fotocopias, que si dónde está tal calle, que si dónde podría comprar tal cosa... La lista sería interminable. A veces hemos comentado con los compañeros que en vez de tienda deberíamos instalar una agencia de información porque así tal vez nos ganaríamos mejor la vida. Me pregunto a veces, no obstante, «¿cómo le pondría precio a un favor?» Y el caso es que no encuentro respuesta por la sencilla razón de que un favor no tiene precio. Por eso cuando el «favor» rebasa el simple detalle de dar una información -molestarme en buscar en el listín telefónico, buscar una información en internet, regalar una pequeña estampa porque así creo que se le hará un bien al interesado/a- el precio que pongo cuando me preguntan qué me deben es el siguiente: «Pásele usted el favor a otra persona».

Todos me entienden y sonríen. Sí, sería bonito que los seres humanos no funcionáramos sólo por interés y que pudiéramos formar una cadena de favores interminable entre nosotros. Y esto viene a cuento de un delicioso articulillo de José Luis Martín Descalzo del que extracto algunos párrafos:

«Hace días comía yo en casa de una familia amiga y, cuando íbamos a sentarnos ya a la mesa, la madre recordó que había olvidado comprar la fruta. Y dirigiéndose a uno de sus hijos -catorce años­ le dijo: «Pepe, cinco duros por la fruta». Como mi cara de asombro debió de ser un poema, la señora me explicó que en aquella casa todo funcionaba a base de propinas; que los chicos no prestaban ningún servicio común si no se les «untaba» antes: dos duros por bajar a recoger el periódico; cinco, por ir a la frutería de enfrente a comprar la fruta olvidada.

Y como mi cara de asombro no paraba de crecer, los chicos me explicaron que ése era el sistema que funcionaba ahora, al menos en su medio social y entre sus contemporáneos. Tuvieron que jurármelo porque yo me negaba a creerlo. Y voy a repetir que aún sigo sin creérmelo, porque de ser cierto estarían ya tocando las campanas fúnebres de la humanidad. ¿Ha llegado el dinero tan hasta las entrañas de lo más desinteresado con que contábamos, la familia?

Supongo que se concluirá el mundo sin que nos hayamos puesto de acuerdo sobre el papel del dinero en la vida humana. Porque hemos nacido y vivido tan embadurnados en él (o en el sueño de tenerlo), que ya parece ser el aire con que respiramos. Uno sigue pensando que si es cierto que quien vive en la miseria tiene que gastar su vida en combatirla, también lo es que puede existir aquella cima de libertad de que habla Santa Teresa, en la que «no deseando nada, se posee todo». Y aquella otra que, desde esa forma civil de santidad que es el genio, anunciaba Beethoven: «No me hace falta el dinero. Aunque estuviera en la miseria, no encadenaría mi libertad de artista por todos los bienes de este mundo.»

Mas dejando de lado el papel del dinero en nuestras luchas, ¿cómo no temblar ante la idea de que haya invadido hasta el interior de los hogares: que a un hijo le pague su madre por hacerse su propia cama; que otro no ponga la mesa si no le dan unos duros para irse al cine...? Que el papel moneda termine por ser el metro de los sentimientos es algo, que parece, que huele ya a podrido.

Y recuerdo que cuando salí de casa de mis amigos me quedé largo rato pensando en el porqué de aquella nueva forma de tristeza. Y sólo encontré dos posibles respuestas: o surge de que los hijos no se sienten verdaderamente parte de aquella familia, o se les ha educado sobre la idea de que sólo se ha de trabajar en la medida en que se es pagado. No sé cuál de las dos hipótesis resulta más grave.»

Sea cual sea la respuesta, amigos míos, tú, yo, contribuyamos a crear en el mundo la misteriosa tela de araña de los favores desinteresados.

Bienaventuranzas, obras de misericordia, mandamientos, sacramentos