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Antonio Marilu Capin de Aguilar (poesias) |
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LA GRACIA DEL BAUTISMO
En el rito bautismal los ojos y oídos solo perciben los gestos exteriores. Sólo la fe percibe lo que realmente está ocurriendo en el interior del bautizando a través de estos signos. El rito simboliza dos efectos: muerte y regeneración. Ambos se hacen realidad a través del bautismo. Sabemos que la fe es la convicción de lo que no se ve. Por eso el bautismo no es primordialmente una experiencia, sino un efecto profundo, algo que tiene sentido pero que sólo capta plenamente lo más profundo del alma. La enseñanza de la Iglesia sobre los sacramentos distingue un doble efecto en ellos: el primero ocurre inmediatamente en la recepción del mismo mientras que el otro requiere de la cooperación del receptor para desarrollarse. El primero es concedido por Cristo inmediatamente mientras que el otro crece en la medida que aceptamos el regalo de Cristo. Bautismo, confirmación y ordenación sacerdotal imprimen carácter lo que quiere decir que dejan huella indeleble en quien los recibe. El "carácter" significa y actúa convirtiéndonos en propiedad de Cristo. El bautizado pertenece a Cristo: es un cristiano. Ha sido liberado de la falta antigua y se ha convertido en una nueva creación. Nuestra fe nos dice que nadie nace justo, todos necesitamos de un Salvador, de salvación. Jesús es el Salvador de todos los hombres. Por eso el bautismo es necesario para la salvación. "A menos que nazcamos del agua y del Espíritu no podremos entrar en el Reino de Dios". Esa puerta de la vida es Cristo mismo. El ha hecho del Bautismo la entrada a su vida. El mismo puede derramar esta vida sobre quienes no han recibido el Bautismo (por ejemplo sobre aquellos que no conocen el evangelio). Sin embargo el nos ha ordeñado el camino del Bautismo. Si el Bautismo nos libra de nuestros pecados... ¿por qué la inclinación al mal permanece en quienes han sido bautizados? El bautizado esta libre de todo pecado pero las consecuencias del mismo permanecen: sufrimiento, enfermedad, muerte, debilidad de la voluntad y sobre todo inclinación al pecado, que no es pecado en sí pero sin duda una tendencia al mismo. Eso convierte la vida del bautizado en una lucha por no derrochar el regalo recibido en el Bautismo.
C.S.
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