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LA COMUNIÓN EUCARÍSTICA El libro del éxodo describe una escena misteriosa. Moisés comunica a su pueblo las palabras de la alianza, los mandamientos de Dios. Luego edifica un altar y ofrece animales en sacrificio y luego rocía con la sangre al altar y al pueblo: "Mirad esta es la sangre de la Alianza." Finalmente asciende a la montaña con los ancianos y "Contemplaron a Dios, comieron y bebieron". Sacrificio y alimento van unidos: el sacrificio significa acción de gracias y reconciliación; restaura la comunión entre el hombre y Dios. Rociar con la sangre simboliza esta renovación de la comunión de vida, mientras que la comida del sacrificio la sella. Esto es algo que la Eucaristía tiene en común no sólo con el Antiguo Testamento sino con muchas otras religiones. Pero a pesar de la semejanza es incomparable: el sacrificio aquí ofrecido es único así como la comida que le sigue. Cristo mismo es el oferente, el ofrecido y el alimento. El nos reconcilia con el Padre y se nos da como comida, como un regalo del Padre. El principal objeto de la Sagrada Comunión es pues la unión intima con Cristo. Esta unión con Cristo requiere fe, que ha de crecer y hacerse más profunda. Por eso decimos "Amen", al recibir el cuerpo de Cristo. Como expresión de fe. Es práctica corriente ahora -y es en sí misma algo bueno- que la mayoría de los creyentes comulguen. Tanto mas importante es la preparación, que cuando no era tan frecuente recibir la Sagrada Comunión se realizaba de forma más cuidadosa y con detalle. Después de todo, no recibimos pan consagrado sino a Quien dijo de sí mismo que era el "pan de vida".Por eso las oraciones que en silencio dice el sacerdote como preparación también debemos rezarlas en silencio nosotros para ser conscientes de a Quien recibimos y confesamos en fe: "Señor, no soy digno". La reverencia por la sagrada presencia de nuestro Señor debemos expresarla en nuestro porte y gestos cuando recibimos la Sagrada Comunión. Nos moverá a arrepentimiento y conversión cuando reconocemos que somos pecadores. El sacramento de la penitencia es la puerta a través de la cual la misericordiosa sanación de Cristo se nos aproxima nuevamente. Pero la Sagrada Comunión implica también la comunión entre nosotros. De muchos granos se hace un pan y muchos creyentes que comparten el mismo pan forman el Cuerpo de Cristo. La Comunión es pues auténtica sólo cuando se comparte especialmente con los hermanos, especialmente los más pobres. Como dice S. Agustín: «Se miembro del Cuerpo de Cristo de tal manera que tu "Amén" sea verdadero».
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