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EN LA CASA DE DIOS La iglesia es un lugar de oración donde se celebra y reserva la Eucaristía; un lugar en el que se reúnen los creyentes y donde se alaba la presencia del Hijo de Dios nuestro Salvador, ofrecido por nosotros en el sacrificio del altar para ayuda y consuelo de los creyentes. Este lugar debería estar construido y decorado con dignidad y buen gusto; un lugar merecedor de reservarse para la oración y las ceremonias sagradas. ¿Qué entendemos por un lugar digno de Dios? El estilo de edificación de iglesias y la disposición de su interior ha sufrido grandes cambios: desde la iglesia románica a la catedral gótica; desde el esplendoroso barroco al neogótico; desde los comienzos de la arquitectura de las iglesias modernas hasta la arquitectura religiosa contemporánea. Esta claro, no obstante, que por diferentes que sean los estilos que han existido a lo largo de los tiempos las iglesias han sido lugares especialmente adecuados para “la oración y las ceremonias sagradas”, que en forma excelsa fomentan no sólo el recogimiento sino también la dignidad de la liturgia. El interior de una iglesia no es como un recipiente que debemos llenar como nos parezca. No. Es un organismo vivo que se edifica a partir de su centro. El corazón de la iglesia es el altar. Es un símbolo, un signo de Cristo mismo. Cristo es el centro de cada iglesia y la asamblea se reúne en torno suyo. El centro y cumbre de la liturgia es la celebración de su muerte y Resurrección. El mismo es a la vez: “Víctima, Sacerdote y Altar” de su propio sacrificio que ofrece al Padre por toda la humanidad en el altar de la Cruz. De modo que los dones que ofrecemos en el altar para la celebración de la Eucaristía los ofrecemos para estar unidos al sacrificio de Cristo Primitivamente los altares se edificaban sobre la tumba de los mártires (por ejemplo sobre el sepulcro de S. Pedro en Roma). Hoy las reliquias de los santos aun se conservan en nuestros altares. Son signos de que el vivir y el morir cristiano recibe su fuerza del único sacrificio de Cristo. El altar es también la mesa del Señor para la comida pascual por medio de la cual el Señor resucitado reúne a los cristianos para fortalecerlos con su Cuerpo y Sangre. El sacrificio de Cristo y la comunión son inseparables porque su sometimiento al Padre tuvo lugar por nuestra salvación, porque quiere darse a nosotros para que podamos vivir a través suyo. El ambón, lugar desde donde se proclama la Palabra, esta íntimamente unido al altar. Cristo está también presente en su palabra. El Concilio habla en singular de una sola mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo. De es a forma pone énfasis en la interior unidad de la Liturgia de la Palabra y la Liturgia Eucarística. En ambas partes de la misa, Cristo es el centro. Elemento esencial del templo es el tabernáculo. Es merecedor de estar situado en lugar digno. El tabernáculo distingue de forma única la Casa de Dios: el mismo Dios habita entre nosotros bajo la humilde forma de su Eucaristía.
C.S.
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