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SABANA SANTA

 anecdotas y reflexiones 

Viviendo el catecismo de la Iglesia Católica

 

Vivir el Catecismo

EL PURGATORIO 

"Benditos sean los puros de corazón porque ellos verán a Dios". Solo podremos recibir la bendición celestial de la visión de Dios cuando nuestros corazones estén totalmente purificados.

Cuanto más uno se aproxima a Dios más se da cuenta de su indignidad. Ante la zarza ardiente Moisés vela su rostro. Cuando Isaías vio la gloria de Dios en el templo, exclamó: ¡Ay de mí! Estoy perdido. Soy un hombre de labios impuros". Cuando Pedro experimentó la pesca milagrosa se inclinó ante Jesús: ¡Apártate de mí Señor, que soy un hombre pecador!

¿No ocurrirá algo semejante después de nuestra muerte? En presencia de Cristo y de su incomprensible amor... no seremos conscientes de nuestra total indignidad y miseria sobre la que con tanta facilidad nos enganamos en nuestra vida diaria?

Dice el catecismo que "Todo aquel que muere en gracia de Dios y en su amistad, pero está imperfectamente purificado, está seguro de su eterna salvación; pero tras la muerte debe purificarse para adquirir la santidad necesaria para gozar del cielo".

A esta purificación le llamamos Purgatorio palabra que viene del latín purificar, purgar.

La enseñanza de la Iglesia sobre el Purgatorio es muy comedida. El Concilio de Trento simplemente afirma que el Purgatorio es un lugar de Purificación pero es cauta sobre embellecimientos o especulaciones sobre este lugar de purificación.

¿Cómo sabemos que existe el purgatorio? ¡Por la fe de la Iglesia! ¿Cómo lo sabe la Iglesia? ¡Por la práctica, por su vida litúrgica! Una antigua máxima establece: "La ley de la oración es la ley de la fe". La Iglesia cree en lo que reza. Desde sus comienzos la Iglesia ha orado por los difuntos y ofrece especiales sacrificios eucarísticos por los fieles difuntos que han muerto en Cristo, para que puedan encontrar en su presencia luz, felicidad y paz.

La fe de la Iglesia precede a la fe del creyente que es invitado a adherirse a ella. Sabemos por la práctica de la Iglesia que nuestras oraciones y sacrificios benefician a los difuntos. Ese es el objeto de las indulgencias que ganamos para los difuntos.

Muchos seres humanos se ven sorprendidos por una muerte imprevista y mueren sin estar debidamente preparados. Si hoy fuera el día de mi muerte... ¿Cómo me presentaría delante de Cristo? ¡Cuánto por perfeccionar, por completar! ¡Cuántas cosas dejaría inacabadas! La purificación no debería empezar sólo tras la muerte. Ya las pruebas sufridas en la tierra y aceptadas con fe, forman parte de nuestro purgatorio. Una grave enfermedad puede ser camino de purificación. El fuego que al final nos prepara para la alegria del cielo es el fuego del amor de Cristo, que nos llena con ardiente arrepentimiento e indescriptible dicha.

 

Vivir el Catecismo