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Nati Crespo Aguilar
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Vivir el Catecismo

 

EL PUEBLO DE DIOS  

Dijo un vez SS. Pablo VI que la Iglesia es el plan visible del amor de Dios por la humanidad. Para el vaticano II la Iglesia es tan larga y ancha como la dispuso el mismo y Dios: es su realización en la historia de la humanidad. Por esta razón el Concilio emplea el término "pueblo de Dios". Para muchos esta expresión es típica del espíritu del Concilio. Por eso es importante entender qué es lo que el Concilio quiso decir con ella. La noción de "pueblo" tiene sentido aquí, claramente distinto de los pueblos de la tierra, razas o grupos políticos o religiosos.

Dios ha querido santificar y salvar a los hombres no como individuos aislados sin vínculos entre ellos, sino más bien como integrados en un pueblo que le conozca y le sirva en santidad. Para entender la especial naturaleza del pueblo de Dios debemos retrotraernos a la original unidad de la raza humana. En la visión bíblica todos los hombres estaban unidos a través de su común origen en Dios; todos tenían la misma naturaleza humana y la misma dignidad; a todos se les había confiado la misma tierra como común lugar para vivir; a todos se les había asignado por Dios un mismo destino: la comunión con Él en la visión beatífica.

Desde una visión individualista del ser humano tal como se defiende y practica hoy en día es difícil comprender la Iglesia como pueblo de Dios. También la forma como sentimos la naturaleza de la Iglesia depende mucho de si tenemos educado el sentido del carácter comunitario de la vocación humana. Quizás muchos se apartan de la Iglesia hoy en día en parte porque la ley de la solidaridad y la caridad ha sido ampliamente rechazada. Ya lo decía Pío XII en 1939. 

El Concilio ve la iglesia como sacramento, signo e instrumento de la comunión con Dios y de la unidad entre todos los hombres. Esto es lo que precisamente significa la expresión "pueblo de Dios". Todos los pueblos pertenecen a Dios y Dios no es propiedad privada de ningún pueblo en particular pero de entre todas las razas, lenguas, pueblos y naciones se ha adquirido su "propio pueblo". Nadie pertenece a este pueblo de Dios en razón de su nacimiento. Es el bautismo quien nos convierte en miembros del pueblo de Dios. En sentido estricto no existen "pueblos cristianos" ni tampoco una "Europa cristiana" pues la fe por la que uno se convierte en miembro del pueblo de Dios se acepta personalmente y ha de ser de nuevo vivida en cada generación.

El pueblo de Dios no tiene estancia fija en la tierra sino que está en peregrinación hacia su destino celeste. Si nos reconocemos como pueblo de Dios peregrino estaremos contentos aceptando las privaciones propias de ser caminantes y nos sentiremos impulsados a compartir con los que sufren necesidad aquí. Es realizando esto como encontramos a Cristo cabeza del pueblo de Dios. Estamos en camino con Él y hacia Él.

 

 

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