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Marilú Capín de
Aguilar
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EL DEMONIO
En el Padrenuestro pedimos: «¡Líbranos de todo mal¡ Esta petición se refiere a todos los males que nos pueden venir: físicos o espirituales. Aunque la Oración del Señor se preocupe de estos males el principal énfasis lo pone no tanto en las «cosas malas» cuanto «en el maligno». Esa petición no se refiere a una abstracción sino a una persona, a Satán, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El diablo es aquel que se opone a Dios y a su obra de salvación en Cristo. Esto se hace evidente cuando se aparece a Jesús. Es el tentador que en la soledad del desierto quiere hacer caer a Jesús donde hizo seguir sus sugerencias a nuestros primeros padres que le abrieron primero sus oídos, luego su corazón y finalmente sus obras. Los exorcismos de Jesús (expulsiones de demonios) demuestran que el Reino de Dios ha comenzado con Él y que el Reino de Satán ha sido conquistado: «Si es por el Espíritu de Dios que yo expulso demonios entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros».
La Iglesia enseña que Satán fue al principio un ángel bueno creado por Dios, que por propia voluntad se convirtió en malo. El Señor le llama el «Padre de la mentira» y «asesino desde el principio». Negar esta realidad y convertir al demonio en un anónimo poder del mal no es solo infantil sino que roza la ceguera cuando consideramos los abismos de maldad que se han abierto ante los hombres de los tiempos modernos. Pero Satán solo es una criatura, poderosa porque es un espíritu, pero sin embargo criatura en fin. No puede evitar que se vaya construyendo el Reinado de Dios. Su acción puede causar grandes daños de naturaleza espiritual e indirectamente también física, sea personal o social. Es un gran misterio que la Providencia permita la acción diabólica pero sabemos que «todo en Dios trabaja para el bien de los que lo aman». C.S.
C.S.
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