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Antonio

 Marilu Capin de Aguilar (poesias)

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Viviendo el catecismo

CREO EN DIOS


La profesión de fe comienza con la palabra del título. Son fundamentales para todo lo que sigue y en cierto modo contienen en si todo el credo. Porque todo lo que el credo cita depende de la creencia en Dios. El grande y controvertido exegeta protestante Rudolf Bultmann acunó la expresión de que Dios es «la realidad que todo determina». Si Dios existe sólo él puede ser nuestro «uno y todo» y por ello todo lo que somos y poseemos proviene de Él y está en Él, en sus maños. Y a la inversa, debemos tomar como cierto lo que dice Dostoyevski en su novela los hermanos Karamazov: «Si Dios no existe, todo está permitido» y podemos agregar: «y nada tiene sentido».

Se dice que Tomás de Aquino, siendo niño, se preguntó «¿Quién es Dios?». Y la respuesta a esta pregunta ocupó toda su vida. Cuando como teólogo habla de Dios, se percibe tras la sobriedad de sus palabras, una profunda reverencia por Dios. En la Sagrada Escritura se llama a esa reverencia «temor de Dios» y se nos dice que es el «comienzo de toda sabiduria». La reverencia ante la grandeza y santidad de Dios siempre ha superado a los hombres cuando buscando con corazón sincero tropiezan con el misterio de Dios.

Por eso Moisés se descalza y cubre su rostro cuando es consciente de la presencia de Dios en la zarza ardiendo. Isaías se comporta de forma semejante cuando Dios le llama a la vocación de profeta. Grita ante la grandeza de Dios que se le permite admirar: «¡Ay de mí! Estoy perdido porque soy hombre de labios impuros. » Lo mismo le ocurre a Pedro al contemplar la pesca milagrosa: «Apártate de mí Señor que soy un pobre pecador».

Ante la presencia de lo sagrado, el hombre se siente frágil y percibe su propia insignificancia. Moisés se descalza y cubre su rostro cuando se da cuenta de la presencia de Dios en la zarza ardiente. Isaías se comporta de forma semejante cuando Dios le llama a ser su profeta. Ante la grandeza de Dios, que le es permitido admirar exclama: «Ay de mí, estoy perdido; pues soy un hombre de labios impuros».

 Todo lo terreno cambia: está atrapado por el incesante ir y venir. Inconstante es también nuestro corazón, como comprobamos a través de dolorosas experiencias. Esto hace más consolador saber que en medio de todos los cambios, Dios permanece. Dios es El que es, de eternidad en eternidad y como tal permanece fiel a sus promesas. No puede enganar porque es la verdad misma. No puede decepcionarnos, porque es amor.

  Santa teresa resume todo lo que decimos en su famosa «letrilla»:

  Nada te turbe/nada te espante/todo se pasa/Dios no se muda/la paciencia todo lo alcanza/ quien a Dios tiene/nada le falta/ sólo Dios basta.

 

 

Viviendo el catecismo

C.S.