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CREO EN DIOS
Se dice que Tomás de Aquino, siendo niño, se preguntó «¿Quién es Dios?». Y la respuesta a esta pregunta ocupó toda su vida. Cuando como teólogo habla de Dios, se percibe tras la sobriedad de sus palabras, una profunda reverencia por Dios. En la Sagrada Escritura se llama a esa reverencia «temor de Dios» y se nos dice que es el «comienzo de toda sabiduría». La reverencia ante la grandeza y santidad de Dios siempre ha superado a los hombres cuando buscando con corazón sincero tropiezan con el misterio de Dios. Por eso Moisés se descalza y cubre su rostro cuando es consciente de la presencia de Dios en la zarza ardiendo. Isaías se comporta de forma semejante cuando Dios le llama a la vocación de profeta. Grita ante la grandeza de Dios que se le permite admirar: «¡Ay de mí! Estoy perdido porque soy hombre de labios impuros. » Lo mismo le ocurre a Pedro al contemplar la pesca milagrosa: «Apártate de mí Señor que soy un pobre pecador». Ante la presencia de lo sagrado, el hombre se siente frágil y percibe su propia insignificancia. Moisés se descalza y cubre su rostro cuando se da cuenta de la presencia de Dios en la zarza ardiente. Isaías se comporta de forma semejante cuando Dios le llama a ser su profeta. Ante la grandeza de Dios, que le es permitido admirar exclama: «Ay de mí, estoy perdido; pues soy un hombre de labios impuros». Todo lo terreno cambia: está atrapado por el incesante ir y venir. Inconstante es también nuestro corazón, como comprobamos a través de dolorosas experiencias. Esto hace más consolador saber que en medio de todos los cambios, Dios permanece. Dios es El que es, de eternidad en eternidad y como tal permanece fiel a sus promesas. No puede engañar porque es la verdad misma. No puede decepcionarnos, porque es amor. Santa teresa resume todo lo que decimos en su famosa «letrilla»: Nada te turbe/nada te espante/todo se pasa/Dios no se muda/la paciencia todo lo alcanza/ quien a Dios tiene/nada le falta/ sólo Dios basta.
C.S.
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