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MÚSICA RELIGIOSA Desde los primeros tiempos de la Iglesia la música y el canto han formado parte de la vida del Pueblo de Dios. No se puede pensar en la Iglesia sin pensar también en estas manifestaciones. Se atribuye a S. Agustín la frase: "Quien canta reza dos veces". En el Antiguo Testamento la oración cantada se expresaba de muchas maneras y se puede encontrar sobre todo en el libro de los Salmos: alabanza y lamentaciones; acción de gracias y petición; canciones de peregrinación y reflexiones en torno a las grandes obras de Dios. Los salmos han permanecido como la gran escuela de oración para todas las épocas, y la plegaria encuentra en ellos su expresión cantada. Nos acompanan a lo largo del Ano Litúrgico. Ciertos himnos a Nuestra Señora son como el latido del corazón de la Iglesia. Junto con el tesoro de los himnos litúrgicos otras formas de música sacra tienen su puesto de honor en la liturgia. El canto coral llegaba al creyente sencillo con su simple escuchar pasivo y silencioso. Hoy en día el coro parroquial tiene su puesto en la liturgia. Aunque escuchar puede fortalecer nuestra plegaria interior, qué duda cabe que cuando participamos junto con el coro en una pieza maravillosa y devota, toda la asamblea experimenta el sentido de la exhortación: ¡Levantad vuestros corazones! Por la misma razón de vez en cuando las Misas solemnes deben estar debidamente acompanadas por músicos con formación, no por placer cultural o como espectáculo sino para dar gloria a Dios y gozo a los hombres. Una cuestión discutida es la "música juvenil". Yo mismo he experimentado este tipo de "música folk", sobre todo en las confirmaciones. Contiene mucho que mueve el corazón pero también cierta parte de vulgaridad y falta de calidad. Debemos reflexionar que hoy en día entre los mismos jóvenes, existe en todo el mundo un extendido entusiasmo por el cántico gregoriano. Esta música encierra escondidos tesoros que es preciso restaurar y sacar otra vez a la luz. En los tiempos ruidosos que vivimos esta música pura, profunda y espiritual es como "medicina celestial". En ella, desde el mismo corazón de la liturgia, la oración más íntima se convierte en melodía.
C.S.
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