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SABANA SANTA

 anecdotas y reflexiones 

Viviendo el catecismo de la Iglesia Católica

 

Vivir el Catecismo

EL JUICIO FINAL

 "Quien quiere acercarse a Dios debe creer que existe y que recompensa a quienes le buscan". Creer en Dios implica asumir que lo que hacemos o no hacemos tiene importancia para Él. Nuestros actos tienen efectos perceptibles e imperceptibles, como lo tienen nuestras omisiones. A veces nos damos cuenta de inmediato; a veces no. El sacerdote y el levita que pasaron de largo junto a la víctima del atraco que yacía herida, posiblemente no se apercibieron que faltaban a la caridad. Pasaron y olvidaron. Pero el pecado de omisión permanece vivo.

Un día, ante la presencia de Dios todo será revelado: nuestras acciones y omisiones y todos los efectos ilimitados que se siguen de ellas y continúan ejerciendo su influencia en el resto de la historia de los hombres.

Creer en el juicio final de Dios es reconocer la libertad del hombre. Puesto que Dios nos creó libres, somos responsables de nuestras acciones y de sus consecuencias. Cuando estamos faltos de libertad no se nos puede imputar pecado. Lo que ocurre sucede involuntariamente y no puede ser castigado.

Las buenas acciones merecen el reconocimiento y gratitud de la comunidad. Sin embargo, mucho bueno se hace sin que se sepa. ¿Quién lo recompensará? Recompensas y castigos humanos no pueden tener la última palabra. A menudo son injustos."

  Sólo Dios conoce las acciones y pensamientos ocultos. Un día nos serán revelados y recompensados. ¿Cuándo? Cristo dijo: "El Hijo del hombre ha de venir con sus ángeles en la gloria de su Padre y entonces dará a cada hombre según haya obrado". Y dice S. Pablo: "Debemos aparecer ante el tribunal de Cristo para que cada cual reciba bien o mal conforme lo que haya hecho en esta vida

 En el último día, cuando Cristo vuelva nuevamente tendrá lugar ese "Juicio Final". En presencia de Cristo será revelado todo lo ahora oculto a menudo tras mentiras y apariencias; quién debe ser realmente exaltado al reino de los cielos. Los últimos serán entonces los primeros.

 Para cada individuo esta hora de la verdad llega en el momento de su muerte. Dice S. Juan de la Cruz que en el otoño de la vida seremos juzgados por nuestro amor.

 Hoy ya, a través de mi conciencia, puedo escuchar el juicio de Cristo. Reconociéndome pecador ante Él, por ejemplo en el sacramento de la penitencia, y sometiéndome a su juicio misericordioso, anticipo en cierto modo el día del juicio que vendrá al final mi vida terrena. Cuando comencemos a darnos cuenta con creciente estupor de nuestra indignidad, cuando nuestro propio corazón nos condene, entonces la fe en el juicio del infinito amor de Dios nos dice: "Dios es más grande que vuestros pecados".

 

 

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